Entre las tantas cosas que debería repreguntarse el Gobierno figura cómo se generan las expectativas. Puesto que son variables endógenas, no se pueden determinar arbitrariamente. Estas surgen como una respuesta del público frente a las acciones, los anuncios y las medidas de Gobierno, sumadas a su sostenibilidad o su consistencia.
El consenso científico sugiere que los individuos, si bien acceden a distintas fuentes de información de diversa calidad, la ponderan y toman las decisiones económicas tratando de minimizar sus errores. La lección más importante que surge de individuos racionales o forward looking no es que no se puedan equivocar, sino que lo harán de forma no sistemática. La existencia de errores no sistemáticos en la evaluación de situaciones económicas no deja margen de maniobra recomendable para tratar de influir con resultados positivos y sostenibles sobre los agentes.
Aclarado esto, considero conveniente evaluar la política de comunicación y acción del Banco Central y el Ministerio de Hacienda. Creo que más que nunca aplica la frase atribuida a Abraham Lincoln: "Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo". Durante el primer semestre, mientras el Gobierno trataba de bajar la tasa de inflación mediante el aumento de las tasas de interés, a un costo cuasifiscal muy alto, el Ministerio de Hacienda continuaba gastando a la misma velocidad que en el pasado. Frente a esto, el sector privado no creyó la meta de inflación del 25% y apostó a que el Gobierno no podría cumplir. La consecuencia: desde el segundo trimestre afrontamos una profunda recesión económica. A comienzos de año, Hacienda proyectaba un déficit fiscal de 4,8% del PBI. En este caso, no solo no mostró intención de bajar el gasto, lo aumentó con "la reparación histórica hacia jubilados" y otras medidas, sino que tuvo que recurrir a la suspensión de la baja de las retenciones a la soja y presentar un proyecto de suba de ganancias, entre otras cosas. Con la evidencia cabe preguntarnos si la meta de 2017, que tiene como techo una inflación del 17%, podrá ser cumplida teniendo en cuenta que la inflación de 2016 terminará en torno del 40%. Por otro lado, nada indica que la meta de 4,2% de déficit proyectado en el presupuesto sea creíble cuando cerraremos 2016 con un 7% de déficit.
Para concluir, las expectativas positivas no son declamaciones de fe que un Gobierno o una persona puedan desear o proferir a los gritos. Hasta que el Gobierno no comprenda esto, seguiremos nuestro camino sinuoso hacia una nueva

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