México, ante el efecto Donal Trump

Pascual Albanese

México, ante el efecto Donal Trump

El expresidente mexicano Porfirio Díaz sintetizó la singularidad geopolítica de su país con una famosa frase: "pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de EEUU".
La visita a Buenos Aires del primer mandatario azteca, Enrique Peña Nieto, forma parte de una estrategia preventiva ante el riesgo de una victoria en las elecciones presidenciales estadounidenses del candidato republicano Donald Trump, quien entre sus declaraciones de campaña incluyó las amenazas de abolir el NAFTA y de aplicar un impuesto especial a las corporaciones norteamericanas que inviertan en México. La primera voz de alerta estuvo a cargo del Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo Villarreal, quien en la última reunión cumbre de los presidentes de los países de la Alianza del Pacífico, realizada a principios de julio en la ciudad mexicana de Puerto Varas, advirtió que "tenemos que prepararnos para reaccionar de inmediato ante una sorpresa en las elecciones norteamericanas".
En realidad, los primeros efectos del convulsionado escenario electoral norteamericano están a la vista. El vuelco republicano hacia un candidato que cuestiona las consecuencias negativas del libre comercio sobre el empleo y los niveles salariales de sus compatriotas impacta también en el Partido Demócrata. Hillary Clinton tuvo que cambiar de opinión y pasó a objetar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, anunciado tiempo atrás con bombos y platillos como el tratado de libre comercio más grande del mundo, que integraría económicamente a los socios del NAFTA y de la Alianza del Pacífico con el mundo asiático, a través de una negociación que languidece ahora ante la marcha atrás de Washington. La misma suerte podrían correr las conversaciones para el Acuerdo Transatlántico con la Unión Europea. A modo defensivo, en el cónclave celebrado en Ottawa entre el primer ministro canadiense Justin Pierre Trudeau, Barack Obama y Peña Nieto se coincidió en la posibilidad de revisar ciertos puntos de los acuerdos del NAFTA, en lo que fue interpretado como un modo de "abrir el paraguas" ante el resurgimiento de las demandas proteccionistas en EEUU. La Casa Blanca percibe que, aún en la hipótesis de un triunfo de Clinton, el Congreso pondrá trabas a cualquier ampliación del libre comercio. Vale recordar que la ratificación parlamentaria del NAFTA fue una obra maestra de orfebrería política de Bill Clinton, quien logró las mayorías necesarias en ambas cámaras mediante una maratón de negociaciones que le permitieron cosechar el apoyo de las bancadas republicanas, ya que la mayoría de los legisladores demócratas se oponían a la iniciativa.
En este inquietante escenario, Peña Nieto optó en primer lugar por visitar Canadá, el otro socio del NAFTA, también preocupado por las derivaciones del "huracán Trump", para entrevistarse con el Gobernador General, David Johnston, a quien insinuó que ambos países podrían acordar una estrategia conjunta ante cualquier giro de Washington. En otra reunión mantenida por Peña Nieto en esa visita, Philippe Couillard, primer ministro de Quebec, capital del Canadá francés cuya población es mayoritariamente católica y culturalmente más próxima a Latinoamérica, enfatizó que "México es nuestro primer socio en América Latina. Nuestros intercambios con México son iguales a todos los que tenemos con el resto de América Latina". En el sutil lenguaje de la diplomacia, quedó entreabierta la puerta para que, en caso de una crisis del NAFTA, ambos países pudieran avanzar hacia una eventual incorporación de Canadá a la Alianza del Pacifico, una variante de difícil concreción pero que puede emplearse como instrumento de presión en las futuras negociaciones con Washington.
Vista al Sur
Antes de aterrizar en Buenos Aires, Peña Nieto estuvo en Lima, donde asistió a la asunción del nuevo presidente peruano, Pedro Kuczynski, ceremonia en la que tuvo ocasión de conversar con sus otros dos colegas de los países de la Alianza del Pacífico, el colombiano Juan Manuel Santos y la chilena Michele Bachelet. El eje de estos diálogos inter-presidenciales es la convergencia entre la Alianza del Pacífico y el Mercosur, que parece cerca de concretarse a la luz de los cambios del escenario sudamericano, signado por el ocaso del "eje bolivariano", que se refleja en la crisis terminal del régimen venezolano. Iniciado con la muerte de Hugo Chávez, ocurrida en marzo de 2013, y acelerado por el triunfo de Macri en las elecciones presidenciales argentinas, el factor detonante para la irrupción de este nuevo escenario fue la caída de la mandataria brasileña Dilma Rousseff, episodio que inclinó el fiel de la balanza regional hacia políticas más proclives al libre comercio, al revés de lo que sucede en Estados Unidos. El segundo fenómeno surge de la conjunción entre el colapso del "eje bolivariano", el giro aperturista en los países del Mercosur y el hecho de que la crisis política brasileña, cuyo desenlace todavía es incierto, desdibuja el rol regional de Itamaraty, con quien la diplomacia azteca pretende disputar el liderazgo sudamericano. El resultado es que quedan atrás las concepciones aislacionistas, que pretendían construir una fortaleza regional sudamericana ante los embates de la globalización. México vuelve a mirar hacia el Sur y el Sur vuelve a mirar hacia afuera. En la década del 90, el NAFTA y el Mercosur habían contribuido a dividir a América Latina en dos regiones nítidamente delimitadas por el canal de Panamá: una América Latina del Norte, encabezada por México, integrada a la economía norteamericana, y una América Latina del Sur, encabezada por Brasil y expresada a través del Mercosur y luego la Unasur.
El huracán Trump y la respuesta de Peña Nieto tienden a soldar esa fractura. En una imagen elocuente de este contraste entre lo que viene y lo que se va en América Latina, la foto de Macri recibiendo a Peña Nieto se yuxtapone con la de Cristina Kirchner rindiendo homenaje a Hugo Chávez, en el aniversario del nacimiento del líder venezolano.

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