Por ser de Río Gallegos, donde solíamos conocernos todos, hace ya un tiempo atrás aprendí a no sorprenderme. Néstor Kirchner salió de mi tierra, sus funcionarios y empresarios también -sí, sus empresarios- y así fue como en las tapas de los diarios empezaron a aparecer conocidos, familiares de amigos, vecinos y amigos, por diversos tipos de situaciones. Tierra de célebres.
Anoche, cuando logré descansar de un fin de semana incordioso, me puse a leer sobre el horrendo múltiple asesinato de Mendoza, algo que había escuchado de comentarios pero no conocía al detalle. Abro Infobae y leo: Quién es Daniel Zalazar, el autor del triple crimen. Vi su foto y mi reacción fue inmediata: no puede ser. Entré. A la tercera línea ya no había dudas: "Oriundo de Santa Cruz".
Daniel fue conmigo a primer año de Polimodal, en el Colegio República de Guatemala de Río Gallegos. El "Nacio", como se lo conoce en la capital santacruceña. Los dos, como la mayoría de ese curso, llegábamos de distintos colegios primarios. Me acuerdo mucho de ese año y siempre, sin ser íntimo amigo, recuerdo mucho a Daniel. Es el hijo del "Profe" Salazar, un reconocido profesor de gimnasia, respetado y querido por muchos de los que pasamos horas y horas de nuestra adolescencia jugando al fútbol por todos los rincones riogalleguenses. Llegué a compartir algún que otro trabajo grupal e incluso he ido varias veces a su casa, un departamento de clase media, de gente trabajadora, sobre la avenida Perón. Se subía por una escalera y, si la memoria no me falla, era en el segundo piso.
Alto. De los más altos. Flaco, y algo pelirrojo. No era un "loquito". ¿Cómo definir a una persona de esa manera? No lo puedo hacer, y mucho menos si tengo que juzgar a un asesino por lo que fue en su adolescencia. Lo que sí puedo decir es que fue un buen compañero, parecía buena persona y era algo particular. "Era raro, Juan. Muy raro", como me definió uno de mis mejores amigos, que compartió más tiempo con él. Y sí, era raro, muy raro, pero quién no lo era a esa edad. Ya mostraba su pasión por las artes marciales, se sentaba en el fondo, no resaltaba, no hablaba mucho, no era "popular", no se vestía a la moda, no le gustaba el fútbol, no te lo cruzabas en el boliche, nada, nada, nada. Esas son las características que surgen si uno lo piensa. Se perdía en la indiferencia del resto con él.
Cuidaba a sus dos hermanas más chicas, un pibe como cualquier otro pero con distintos intereses. En las redes sociales, donde manifesté mi sorpresa, la pregunta y curiosidad se repitió varias veces. "¿Ya mostraba locura a esa edad?". Inquietudes de ese estilo me hacen pensar pero no logro ordenar las ideas.
Leo los detalles y se me sigue poniendo la piel de gallina. No me entra en la cabeza la brutalidad de semejante acto asesino. No lo puedo entender. Me pregunto si en algún momento dio señales y nadie lo vio. Me pregunto muchas cosas, si quizá existen alertas. Me queda claro que ya no alcanza con marchas. El Estado debe ponerse al frente de un cambio realmente radical en la sociedad. Daniel Salazar, mi compañero de secundaria, el asesino dormido al que la palabra perdón nunca se le deberá ofrecer, el asesino que creció en silencio y un día mató a tres mujeres e intentó terminar a cuchillazos con la vida de una beba y un nene de siete años. Podrían haber sido tres: un nene de 8 años logró esconderse.
Es importante advertir lo que hizo. Que quede grabado. Y, en mi caso, encontrarme con esta extraña sensación de haber compartido momentos con alguien que 15 años después se desató como un brutal asesino. Raro.

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Sección Editorial

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