"Mi tierra, te están cambiando/ o te han disfrazado, que es peor", decía Atahualpa Yupanqui, para denotar que cada día se desdibuja más nuestra idiosincrasia, en busca de una identificación, probablemente no consciente, con la de la Ciudad de Buenos Aires, que antes y ahora nos impone su cultura sin siquiera proponérselo y progresivamente va colonizándonos culturalmente por completo. Por ejemplo, cuando quien esto escribe era ya mayorcito, o "chango" -que, por las dudas, se aclara que quiere decir "pibe"- nuestra iniciación al cigarrillo se llevaba a cabo haciendo "secas" con tabaco negro -muchas veces, "armados", o sea, con tabaco y papel que se reunían para conformar el cigarrillo, sin olvidarnos por supuesto, de los "chalas"- a la vez que probábamos, algo furtivamente es cierto, cerveza negra o vino blanco, costumbres que han cambiado copernicanamente con el hábito del cigarrillo rubio, la cerveza blanca y el vino tinto y, lo más grave aún, con la inclusión de la ominosa droga entre cada vez más jóvenes. Peor aún, nuestra por entonces timidez por vernos "inferiores" a los modelos "avanzados" de pronunciación que por ahí se colaban desde Buenos Aires, nos llevaba a cierta taciturnidad, esto es, a hablar poco, para que no se "nos notara" nuestra tonada o nuestra forma de hablar, que, por ejemplo, hacía profuso uso del "hemos sido", en lugar del "correcto", "fuiste", ¿verdad pibe?
Las cosas ahora han cambiado. Nuestra proverbial timidez cedió paso a una imitación directa del "buen idioma", y así hacemos desesperados esfuerzos para borrar nuestra pronunciación de las erres, para adaptarnos a la forma "correcta" -lo que no quita que se nos escape un involuntario "¿ah?", por ahí- que nos genera un descomunal desconcierto en nuestra cavidad oral, como bien lo evidencian algunos conjuntos y solistas de nuestro folclore, a la vez que en la verdulería ya no pedimos "pimiento", sino "morrón" -que es como pedir "torrontés" en lugar de uva, aunque sea negra- y en las carnicerías, sobre todo en los supermercados, no sabemos cómo hacernos entender ni qué corte de carne nos ofrecen, porque los carniceros ya no saben qué es la "ñascha", ni los salteños sabemos qué es la "tortuguita", por ejemplo.
Lo más grave es que, debido a la arrogancia porteña, que es mucho más agresiva que nuestra presunta "ignorancia", y en nombre del combate al tráfico de drogas, que por supuesto los salteños aplaudimos cerradamente, se nos prohíbe el "coqueo", porque se persigue a los expendedores de nuestra inofensiva y ancestral hoja de coca, perjudicándolos al reducirles o eliminarles las ventas, ya que desde siempre y muchísimo antes de que la cocaína y el paco fueran el flagelo que es hoy, nos proveyeron de esta hoja que nos despabila, ayuda al mareo y a las ingestas desmedidas y básicamente nos acompaña cotidianamente, sin desdibujarnos ni cambiarnos en nuestro pacífica forma de ser.
Sería bueno, que entre tanto "federalismo" y reivindicación de héroes reales o presuntos que ya no están para protegernos, nuestros políticos actuales practiquen una sana y eficaz defensa de nuestras costumbres, que en nada agreden a los demás, y sin ninguna pretensión de "alambrar" nuestra Provincia ni de desalentar las bienvenidas y enriquecedoras visitas de otras latitudes a nuestra Salta, nuestros dirigentes contribuyan a no avergonzarnos de nuestras "erres" ni nuestros pretéritos -que claramente son más "perfectos" que los "fuistes"- y, por ejemplo, soliciten a las carnicerías expresar los cortes de carne vacuna "en los dos idiomas", buscando además y principalmente, la forma de separar la paja del trigo en cuanto a la coca; vale decir, contribuir a una forma eficaz e implacable de persecución de los proveedores de materia prima para la cocaína y el paco, pero sin impedir nuestro inofensivo "coqueo" que, vale la pena repetirlo, es infinitamente anterior a la perversa cocaína y el fatídico paco.

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