Monseñor Blanchoud, un pastor con olor a oveja

Felipe Medina

Felipe Hipólito Medina Lic. en Ciencias Religiosas

Monseñor Blanchoud, un pastor con olor a oveja

Un día triste para los cristianos en general y para los católicos de modo especial, ha partido de este mundo un gran pastor que, entre los años 1984 y 1999, ha guiado a la Iglesia Católica en Salta, como arzobispo, monseñor Moisés Julio Blanchoud.
De la principesca e imponente figura de monseñor Roberto Tavella, a la imagen dinámica y bonachona del arzobispo Mariano Pérez, se sumó a Salta para pastorear a la grey católica el obispo Blanchoud, con una contrastante sencillez y humildad, con un nuevo estilo.
Don Moisés Julio Blanchoud era un hombre de campo, nacido en Esperanza, provincia de Santa Fe, que no tenía otra ambición que la de ser un cura de pueblo, con una formación preconciliar y cuya pastoral se centraba en la administración de los sacramentos, la predicación de la Palabra y la asistencia caritativa a los pobres y enfermos, lejos de las intrigas del poder y luchas sociales.
El desafío de llegar a una provincia donde la Iglesia tiene una presencia que supera los límites de lo sagrado, lo fue insertando poco a poco en una pastoral más comprometida, en sintonía con la iglesia del Concilio Vaticano II, del cual Blanchoud fue uno de los padres conciliares más jóvenes, con apenas 40 años de edad.
Destacar su humildad es una obviedad. Todos lo conocían por su sencillez en el hablar y en cada gesto de cercanía que realizaba. Pero hay una virtud poco practicada por todos nosotros y en especial por los que detentan poder, es la virtud de la gratitud. "Es de hijos bien nacidos ser agradecidos", reza un viejo refrán popular. Monseñor Blanchoud siempre, con el rico y con el pobre, así recibiese todo el oro del mundo, o una simple tarjeta de regalo, devolvía el gesto con aquella postal tradicional del Señor y la Virgen del Milagro y el altar mayor de la Catedral con un breve texto de agradecimiento y bendiciones, escrito en su antigua máquina de escribir que tenía sobre el escritorio y cada tarjeta venía personalizada para quien se acercara a saludarlo. Seguramente muchos salteños de distintos niveles sociales atesoran ese gesto.
La virtud más notoria que mostraba su corazón noble, es la de ser un hombre que nunca se creyó merecedor de nada, y eso lo llevó a ser siempre un hombre agradecido.
Recuerdo su preocupación constante por el clero, por sus curitas como los llamaba, quizás evocando aquel viejo principio de que la parroquia del obispo está compuesta por sus sacerdotes. Esa preocupación lo llevaba a visitarlos siempre fuera de protocolo, interesado por su salud, situación espiritual y material. Nunca abandonó tampoco a aquellos que por diversas razones se alejaron de la tarea pastoral, los acompañaba hasta asegurarse de que estuviesen bien integrados al mundo del trabajo y con estabilidad espiritual.
Dentro de su preocupación constante estaban los enfermos. Era habitual verlo caminar por nuestras calles con un cierto nerviosismo del que va apurado, pero atento a lo que sucede a su alrededor, encaminándose a algún sanatorio u hospital donde los enfermos esperaban el consuelo de la fe. Tenía como obsesión velar por la familia como base para reconstruir una sociedad fraccionada por el consumismo, los conflictos políticos y las penurias económicas, e impulsó a la Iglesia local a salir a las periferias, creando capillas con salones de atención integral a los pobres que hoy son parroquias importantes. Puso la base para una pastoral popular de presencia y asistencia de la Iglesia en los sectores más necesitados.
En Santa Fe tuvo que hacerse cargo de una Iglesia herida por las acciones de un lobo disfrazado de oveja y conquistó el corazón de los santafecinos con su sencillez. Me contaba en esas visitas que hizo a Salta, ya siendo arzobispo emérito, que la gente de la ciudad no entendía que cada mañana después de barrer la vereda de su casita pegada al convento de las Madres Carmelitas, tomara un colectivo para ir a la Curia. Siempre recibía muestras de afecto de aquellos que sabían que era el pastor que en ese momento necesitaban, un hombre de pocas y claras palabras, de gestos sencillos y contundentes.
Un pastor con olor a oveja; esta frase acuñada por el papa Francisco le cabía plenamente a esa figura de humilde servidor del Señor, con una oreja en la Palabra de Dios y otra en el pueblo.

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