Horacio González y Ricardo F"rster son las figuras más notorias de un grupo de diplomados que Horacio Verbitsky congregó hace 10 años para integrar una especie de equipo de "intelectuales orgánicos" del kirchnerismo. El producto es un núcleo oscurantista, rayano en el ridículo.
Las "cartas abiertas", probablemente, queden para el futuro como una prueba académica del vacío ideológico del actual gobierno, inspirado en una pragmática bien peronista para la construcción de poder, que no garantiza el funcionamiento del Estado ni modernizar la economía, elevar la calidad de vida y construir una educación moderna e inclusiva.
A los integrantes de Carta Abierta les fue bien, porque ganan hoy más que nunca, pero no pueden entender que el promedio de ingresos por núcleo familiar no alcanza para que las familias vivan bien; que los dos millones de jóvenes que ni trabajan ni estudian -beneficiarios del plan Progresar- son un síntoma inequívoco de que esta no es una década ganada; que el ingreso por persona de las provincias del norte salteño es la mitad que el promedio nacional y la sexta parte que el de la capital federal. Son algunos casos.
Carta Abierta funciona como un centro de estudiantes integrado por septuagenarios que se quedaron en el tiempo, como una patrulla perdida del Mayo Francés. ¿Por qué se encuentran en la vereda de enfrente de ese grupo intelectuales independientes como Santiago Kovadloff, Beatriz Sarlo, Vicente Palermo, Marcos Novaro, Rodolfo Terragno, Tomás Abraham, Agustín Salvia, Roberto Gargarella, Juan José Sebreli, entre casi todos los otros pensadores? ¿Alguien podría señalarlos como "noventistas" o "menemistas"?
A F"rster y a González les preocupa que Daniel Scioli escuche a Ricardo Montaner aunque les parece inobjetable que Fito Páez cobre fortunas del Estado, al igual que una farándula cuyo mérito es ponerse en fila para insultar a Mirtha Legrand, a Susana Giménez y a Jorge Lanata.
Montaner, Mirtha y Susana son el gran problema para ellos. No les merece respuesta alguna que su referente Horacio Verbitsky sea acusado como informante de la dictadura, que los servicios de inteligencia hayan sido dedicados a espiar a los argentinos, que el narcotráfico se instale en la frontera norte y que los gendarmes estén dirigiendo el tránsito en el conurbano; que hayan reaparecido enfermedades medievales en todo el país; que haya 18 millones de beneficiarios de planes sociales en un país de 42 millones de habitantes. Esos son los temas que importan al verdadero progresismo.
El rol del intelectual no consiste en legitimar cualquier cosa dentro de un proyecto político que consideran valioso, sino en apuntalarlo en aquellos puntos donde flaquea. Pedirle eso a F"rtster es imposible: nadie que acepte ser "secretario de coordinación estratégica para el pensamiento nacional" puede tener libertad de pensamiento.
Por eso es comprensible que diga: "A mí no me gustó que Scioli terminara la campaña en el Aquadance de Tinelli". ¿Le gustó, en cambio, que Néstor Kirchner inaugurara su presidencia invitando a Tinelli a filmar un programa en el despacho presidencial para burlarse de Fernando de la Rúa?
El oscurantismo intelectual los lleva a hacer la vista gorda a cuestiones aberrantes como la incorporación de Sergio Schoklender a la administración de los fondos estatales destinados a Derechos Humanos, a la reivindicación de gobiernos autoritarios, al antisemitismo de Luis D''Elía, a la muerte del fiscal Alberto Nisman, por ejemplo.
Carta Abierta se sueña democrática, pero se muestra incapaz de respetar y entender el mensaje de la urnas. En 2009, cuando el oficialismo fue derrotado en la provincia de Buenos Aires acusaron a los sojeros, al campo y a la prensa. Con tal razonamiento, ¿tiene sentido el voto en la democracia? No.
Carta Abierta piensa así porque su inspiración, al igual que la de los defensores de Justicia Legítima, es la misma: los filósofos nihilistas y antioccidentales que contribuyeron a la construcción de autoritarismos de izquierda, de derecha, xenófobos o populistas.
Ese pensamiento congelado en el tiempo de la Guerra Fría evita, voluntaria o involuntariamente, pensar en el mundo actual, sus conflictos y tensiones, y sobre todo, los de safíos del futuro.

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