Bolivia no es Venezuela. La derrota de Evo Morales en el referéndum boliviano fija un límite infranqueable para su perpetuación en el poder y abre una etapa de transición política, pero no amenaza su permanencia en el gobierno, como sí ocurre con su par venezolano Nicolás Maduro.
Más aún: en un país históricamente inestable, Morales, quien asumió por primera vez en 2005, fue reelegido en dos oportunidades, por lo que su actual mandato culmina a principios de 2020, y ya puede jactarse de haber sido el mandatario que más tiempo permaneció en el Palacio del Quemado desde la independencia boliviana, en 1825.
Paradójicamente, la derrota electoral de Morales es la consecuencia social y política de su éxito económico. La nueva clase media boliviana, de raigambre indígena, que en la última década salió de la miseria y se integró al mercado de consumo, cambió de alineamiento. Antes apoyó a Morales para emerger de la pobreza. Ahora tiene expectativas más sofisticadas y sus demandas no se ven satisfechas por el gobierno. "Gracias, pero no", rezaba un grafiti estampado en las paredes de El Alto, el suburbio popular de La Paz.

Esa consigna sintetiza cabalmente el resultado de la consulta.

Bolivia tiene el mejor desempeño económico de los últimos años en América Latina. En 2015 fue el país con más alto índice de crecimiento: 5,2% de su producto bruto interno.
También lo había sido en 2014. Durante la "era Morales", el ritmo de crecimiento anual promedio fue del 4,8%. El ingreso medio trepó de 1.200 a 3.000 dólares por habitante.
"Bolivia tiene el mejor desempeño económico de los últimos años en América Latina. En 2015 fue el país con más alto índice de crecimiento: 5,2% de su producto bruto interno".
No fue magia. Bolivia recibió los beneficios del "boom" internacional de los comodities. Las exportaciones de gas a Brasil y la Argentina y las ventas de minerales y productos agropecuarios promovieron un formidable ingreso de divisas. Las reservas del Banco Central se multiplicaron por siete y superan los 15.000 millones de dólares. Equivalen a casi un 50% del producto bruto interno. Es uno de los porcentajes más altos del mundo.
Esa solidez monetaria, que hizo que la deuda pública boliviana ascienda a solo el 31% del producto bruto interno (contra un 65% de Brasil), permitió a Morales hacer lo que no pudieron los denostados gobiernos "neoliberales" que lo antecedieron.
Después de 90 años de marginación, Bolivia regresó al mercado financiero internacional y consiguió crédito externo, a tasas bajas, para emprender grandes obras de infraestructura. La última vez que ocurrió algo similar fue en la década del 20 del siglo pasado.
Los empresarios elogian al ministro de Economía, Luis Alberto Arce, un izquierdista que tiene en su despacho una foto del "Che" Guevara pero que durante 19 años fue funcionario de carrera del Banco Central y mantiene un manejo fiscal ortodoxo. Arce explica que "el primer desafío que teníamos era demostrar que nosotros, la izquierda, manejamos mejor la economía que la derecha". Suele citar a Carlos Marx para afirmar que la prioridad estratégica es "el desarrollo de las fuerzas productivas".
Jeffrey Weber, un politólogo canadiense que estudió a fondo la economía boliviana, subraya que "las tasas de inflación han sido contenidas a niveles que mantendrían a Milton Friedman descansando en paz en su tumba".
Los críticos de izquierda de Morales apodan humorísticamente al equipo de Arce como los "Chuquiago boys", en alusión a que Chuquiago es el nombre indígena de La Paz.

Un estrategia boomerang

El incremento de los recursos fiscales y el aumento del gasto social se combinaron para que durante el mandato de Morales la tasa de pobreza extrema de Bolivia se redujera del 38% al 18% (en números, 2.600.000 personas sobre una población de 10.500.000 habitantes). El consumo de alimentos subió un 50%. Un emblema de esa transformación social es el teleférico urbano más alto del mundo, que en solo diez minutos une a La Paz con la barriada popular de El Alto. Más de 400.000 personas viajan diariamente de El Alto a La Paz para concurrir a su lugar de trabajo. Lo que antes era una odisea, se convirtió casi en un paseo.
"En ese marco, surgieron esa nueva clase media y una pujante burguesía indígena, cuyo ascenso modificó el escenario político".
En ese marco, surgieron esa nueva clase media y una pujante burguesía indígena, cuyo ascenso modificó el escenario político.
Las demandas de esos sectores emergentes convergieron con los de la clase media urbana, adversa a Morales. Los reclamos contra el intervencionismo estatal, la corrupción gubernamental, la expansión del narcotráfico y la subordinación del Poder Judicial al poder político, amplificados por la prensa opositora, coparon la agenda pública y pusieron al Gobierno a la defensiva.
Una prueba elocuente de ese viraje sucedió en 2015 en las elecciones de El Alto, cuando Edgard Patana, alcalde del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS) que se postulaba para la reelección, fue barrido en las urnas por Soledad Chapetón, una joven indígena de 35 años, del opositor partido Unidad Democrática, liderado por el empresario Samuel Videla Dorna.
El mapa de los resultados del referéndum es revelador de la realidad social boliviana. Morales perdió en los grandes centros urbanos y en los cuatro estados del Oriente (Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija), que le fueron tradicionalmente adversos, pero conservó una abrumadora mayoría en las zonas rurales.
Morales, que proclama un "socialismo indigenista", practicó un "capitalismo indigenista" con fuerte intervención estatal. Eduardo Gamarra, catedrático boliviano en la Universidad Internacional de Florida, afirma que Morales "no es un antineoliberal, es un neoliberal indígena". Pero su discurso izquierdista suena vetusto y falso en los oídos de los beneficiarios de este experimento.
El ascenso de una nueva clase media de extracción indígena representa un hecho revolucionario que cambiará para siempre la fisonomía de Bolivia. Después de Morales no volverá la "Bolivia blanca", sino un "capitalismo andino", capaz de amalgamar en un proyecto común a la antigua clase alta con esa burguesía emergente, en un proceso semejante al protagonizado por Perú desde la década del 90, tras el encumbramiento de Alberto Fujimori, cuya orientación de fondo no fue alterada por sus sucesores, incluido el actual mandatario izquierdista, Ollanta Humala.
El resultado electoral boliviano incide también en el escenario regional. Se junta con el ascenso de Mauricio Macri en la Argentina, la desintegración del gobierno venezolano de Nicolás Maduro y la crisis brasileña, que amenaza la estabilidad de Dilma Rousseff. El "eje bolivariano" en retirada deja lugar a una convergencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico. Una nueva época se divisa en el horizonte sudamericano.



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