Ya era de noche pasadas las siete de la tarde en Morillo, Rivadavia Banda Norte. Una lluvia finita, pero constante pegaba sobre unas mujeres que estaban en la plaza del pueblo, frente de la parroquia, cuyas campanas repicaban, aunque faltaba media hora para la misa. Una chiquita agarraba una vela con plena concentración para que no se apague. De a poco, fueron llegando grupitos de vecinos. Bajo la lluvia, los perfiles se adivinan cuando pasan bajo la luz de un farol. Unas 100 personas esperaban en silencio. Había una bandera argentina, una de Salta y una wiphala. De pronto: "Claudia Marisol Campos", dijo una mujer. "Presente, ahora y siempre", le respondieron y la marcha arrancó. Fue la tercera manifestación contra la impunidad en Morillo, un grito que desde hace tres domingos viene resonando en el chaco Salteño.
Son cuatro gritos de justicia, cuatro casos llenos de interrogantes. Claudia Marisol Campos desapareció en marzo pasado y apareció muerta días después. Antonia Sosa, de Pluma de Pato, desapareció en 2013 y 15 días después la encontraron sin vida. Lisandra Albornoz, tenía 12 años. Desapareció la Navidad de 2014 y nunca más se supo de ella. Pablo Moreno participó de la violenta manifestación en el paraje El Chirete, donde criollos y aborígenes pedían el trabajo que les había prometido la empresa Vertua por pasar el gasoducto del NEA por sus tierras. Pero la violencia le ganó al reclamo. Moreno apareció en imágenes improvisando un lanzallamas casero contra policías y estuvo prófugo por unos días. "Lo vamos a buscar hasta debajo de las piedras", dijo entonces el ministro de Seguridad. Moreno fue detenido días más tarde, pero el 18 de marzo pasado murió en el hospital de Tartagal, mientras esperaba el juicio en prisión.
Los familiares piden al ministro "que busque bajo las piedras a los responsables de todos los casos".
Marta es una abuela wichi de Pluma de Pato. Entre lágrimas recuerda la última vez que vio a su nieta, Lisandra Albornoz. El dirigente aborigen Reinaldo Ferreyra traduce sus palabras entrecortadas. "Siempre me acuerdo de Lisandra como una chica muy inquieta y divertida. Cada vez que se iba a la escuela me visitaba y me daba un abrazo. Pienso que quería despedirse de mí. Como persona grande trato de superar el dolor. Quiero que nos ayuden y que la encuentren rápido. Las familias estamos preocupados y dolidos", dijo entre los campanazos de la pequeña parroquia. Julio Albornoz es el padre de Lisandra. "Pasó un año y medio y no sabemos nada. Dicen que siguen investigando, pero no sabemos dónde están buscando", dijo Julio, que tiene ocho hijos y 36 años. "Sigo teniendo esperanzas", agregó.
Amado Porfidio, cacique de la comunidad de donde era Lisandra en Kilómetro 2, viajó para asistir a la marcha. "Esperamos justicia y que sea para todos por igual, porque nosotros los aborígenes también somos argentinos", le dijo a El Tribuno.
El dirigente Reinaldo Ferreyra, por su parte, agradeció el apoyo de los vecinos. "Pensé que iba a venir menos gente por la lluvia, pero somos bastantes. Necesitamos saber qué fue lo que pasó con todas estas personas. A las chicas que aparecieron muertas las encontraron los vecinos, por eso pedimos más de la Policía. Marchamos porque los familiares pidieron que los acompañen. Se ha visto que somos un pueblo que apoya y que pide que se aclare todo y que se busque a los culpables", expresó.
"Vamos a seguir marchando. Esto no va a terminar. Hay gente que levanta la vista esperando que una persona llegue a su casa, pero esas personas no llegan", reflexionó.
Patricia Aguilar es docente y una de las mujeres que decidió convocarse en la plaza para pedir justicia. "Hay un estado de abandono. Las rutas, caminos y picadas están liberadas. Tenemos por lo menos dos femicidios y una chica de 12 años desaparecida. De nuestro compañero Pablo Moreno, tenemos muchas dudas sobre la versión oficial. Vamos a seguir saliendo a la calle. Venimos mujeres, acompañadas por nuestros hombres y niños. Aunque seamos 20 bajo la lluvia vamos a seguir. Queremos que busquen debajo de las piedras a los responsables. Sabemos que Gendarmería y la Policía no tienen recursos para brindarnos seguridad y contarnos qué fue lo que pasó", dijo.
"Parece que en Morillo somos hijos de nadie. Hasta el día de hoy los padres de Marisol no recibieron la visita de ningún funcionario; la mujer de Pablo Moreno lo mismo y es una madre con tres chicos", remarcó.

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