Cualquier persona que encuentre usted en las esquelas de este mismo diario, seguramente merece más reconocimiento que Fidel Castro. Pero las crónicas periodísticas hablarán de su muerte durante mucho tiempo. Su hermano, actual presidente cubano, hará construir en su honor edificios monumentales. Y su entierro será un derroche de dinero, joyas y honores. El mismo dinero, joyas y honores que le falta al pueblo cubano. El mismo que su dictadura les robó o les impidió obtener con trabajo honesto.
Un balance sobre su gestión puede decir muchas cosas. Que cerró las fronteras del país. Prohibió al pueblo cubano salir de Cuba. Prohibió al resto del mundo entrar a Cuba. Muchas familias quedaron divididas. Muchos hermanos quedaron separados. Muchos padres murieron sin volver a ver a sus hijos. Muchos hijos no volvieron a ver a sus madres. Se enteraban de casualidad que habían muerto asesinadas por el ejército por querer comunicarse con ellos. Destruyó afectos, prohibió trabajar libremente, dejó morir enfermos sin medicamentos, fabricó millones de analfabetos por enseñar en las escuelas solo su nombre y el de sus ideas perversas.
Es difícil saber demasiado de un gobierno que cerró las fronteras, censuró a la prensa libre y puso un ejército en las calles para evitar que los turistas llegaran a ciertos lugares. Ocultó. ¿Por qué? Porque tenía algo que esconder. Obligó a obedecer. ¿Por qué? Porque de lo contrario nadie le obedecía. Nunca llamó a elecciones. ¿Por qué? Porque nadie lo habría votado. Encarceló y asesinó a sus opositores. ¿Por qué? Porque decían la verdad.
La libertad es el bien más preciado del ser humano. Fidel Castro se la quitó al pueblo cubano. Encarceló a quien no pensara como él. Asesinó a quien intentara oponerse a su dictadura. Fue el peor dictador del siglo XX. Fue uno de los peores gobernantes de la historia del mundo. Generó pobreza, ignorancia y abandono. Gobernó para él y para su banda. Exigió al pueblo cubano tener viviendas pequeñas y racionalizar la comida. Pero reservó en La Habana un espacio territorial donde sus secuaces vivían en lujosas mansiones. La zona tiene estricta vigilancia del ejército y si algún cubano común se atreve (y logra) entrar a esa zona, es encarcelado hasta su muerte.
Mandaba a sus funcionarios a pasear por el mundo con viáticos en dólares. Conviví con uno de ellos en una Universidad de Santiago de Chile en el año 2001. Me confesó que como funcionario del régimen podía cobrar su sueldo en dólares y tenía días libres para viajar con su familia a cualquier lugar del mundo. Si algo me llamó la atención de "Fidel" (como lo habíamos apodado) era la tristeza de sus ojos. Aún cuando bailaba agitándose entero... sus ojos conservaban una halo de nostalgia. Como si pidieran ayuda.
Un dictador debería ser enterrado en las mismas condiciones que cada integrante de su pueblo. Un dictador "honesto" (si los hay) debería obtener las mismas prestaciones de salud que su pueblo. Debería comer lo que come su pueblo. Debería vivir en las mismas condiciones que su pueblo. Y morir como muere su pueblo.
Pero no pasó así con Fidel Castro. Ni comía, ni vivía como hacía comer y vivir al pueblo cubano. Y tampoco murió como muere su pueblo. Recibió tratamientos médicos del primer mundo. Con la mejor tecnología, con los mayores cuidados. Con impunidad se trasladó a otros países para buscar una cura. Y lo hizo con el mismo dinero que el pueblo cubano le entregaba día a día con trabajo o con impuestos.
Su vida sirvió para que la Organización de las Naciones Unidas demuestre su cobarde inutilidad. Para probar que, por ahora, la protección de los derechos humanos está en manos de timoratos que usan trajes caros y viajan por el mundo arrastrando su inoperancia y derrochando soberbia.
Murió sin dolor. Mientras al pueblo cubano lo devoran tiburones en las aguas del caribe, al escapar de su régimen de muerte y hambre o para encontrarse con su familia. Murió sin padecimientos. Mientras sus "presos" toleran enfermedades y torturas hasta el último respiro. Murió acompañado de sus "seres queridos", mientras millones de madres cubanas mueren sin volver a ver a sus hijos (encarcelados o exiliados). Murió en una de sus lujosas mansiones conectado a aparatos "médicos" que cuidaban que el dictador no sufra, mientras millones de cubanos mueren en pequeñas habitaciones con piso de tierra, sin luz y sin una mísera aspirina.
Fidel Castro vivirá. En las lágrimas de los hermanos separados que tal vez podrán reencontrarse. En la mirada perdida del padre con sus hijos acribillados en la frontera. En los ojos nostálgicos de la madre anciana. En el llanto del enfermo. En la esperanza perdida del joven analfabeto, que transcurrirá el resto de su vida sin leer ni escribir. En la lucha malograda del abuelo por dejar a sus nietos un legado. Tal vez su alma cansada transite los hospitales sin piso a los que nunca fue, las escuelas sin techo en las que nunca estuvo, los barrios pobres y las casas sin camas. Tal vez antes de partir a su destino final advierta a sus herederos que no sirve de nada sembrar odio y esclavitud y que los pueblos siempre lucharán por su libertad.
Murió Fidel Castro. Pronto el pueblo cubano navegará por la sangre que sus padres, hijos y hermanos dejaron en las aguas del caribe, entre tiburones y ráfagas de ametralladoras. Y seguirá bailando. Con las piernas veloces y la cintura ágil. Pero con los ojos tristes y la mirada perdida. Hasta que la sangre de sus muertos deje de teñir sus playas y se confunda, como nuestra Alfonsina, con la inmensidad del mar.

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Álvaro Figueroa
Álvaro Figueroa · Hace 9 días

Brillante su nota, Sr. Daniel Nallar.


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