Escribo desde la profunda certeza de que tejer cualquier análisis que signifique una generalización es un gesto errado y posiblemente injusto para tantas mujeres-madres.
Formo parte de una generación cuyas madres recién comenzaban a emanciparse laboralmente. Hablo de madres que trabajaban, también, fuera de sus hogares, en un contexto familiar -y social, diría- aún no muy adaptado a este cambio: los padres no asumían, como sí veo que lo hacen hoy, la atención y el cuidado que el crecimiento cotidiano de los niños exigían. En este horizonte, las madres se desarmaban para poder cumplir todos los roles de igual. En mi caso en particular, la presencia de mi abuela apuntaló muchísimo; al punto que me resulta sumamente difícil volver a pensar la figura de la madre que yo construí sin asociarla a ese "combo amoroso" constituido por la mamá y la abuela.
Mi abuela sostenía resolviendo las cuestiones más prácticas del día a día, aunque también se daba maña para detener el mundo cada tanto para narrarme historias de nuestros muertos. Mi mamá era el espacio del descanso, de la protección, de la complicidad, de la calma, de otro tipo de sabiduría. Sin embargo, con ninguna podía yo hablar de mis angustias adolescentes referidas al cuerpo, a la sexualidad, a los miedos, a los cambios: había una brecha ahí, una falta de aggiornamiento para entender los nuevos tiempos de los hijos/nietos, una especie de pudor, una transmisión de miedos innombrables, una callada imposición de lo que "debía ser" y que, sin embargo, no siempre era. Con los años, y en ese lazo privilegiado que entiendo que significa ser hija mujer, pude comenzar a ver a mi madre, a mi abuela a mis tías en su condición de mujeres. Ya no desde sus roles sino como mujeres, con mis mismas angustias, gozos, miedos y enojos. Y fue maravilloso. Las madres de hoy hablamos con nuestros hijos. Hablamos de todo. Y con este gesto, entiendo, remediamos ese silencio tosco de antaño que abría abismos entre las generaciones. Les y nos- hacemos más fáciles muchas cosas. Sin embargo, intuyo que el diálogo muchas veces termina siendo una especie de complicidad rara, que desdibuja la relación madre-hijo para devenir en otra de "amistad entre pares"; resulta complejo definir la diferencia, los límites.
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Foto de archivo
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Las madres de hoy vivimos sumergidas en la velocidad: somos madres intentando cumplir un manojo de roles diversos en un permanente ir y venir. Somos exigentes. Eso agota y, encima, exacerba el sentido de culpa que cargamos de una forma casi inalienable por el sólo hecho de ser mujeres/madres. Ya no ostentamos aquel sentido práctico de nuestras madres y abuelas que resolvían sin tanta vuelta lo que imponían los días; todo necesitamos pensarlo más de una vez y, si es posible, resolverlo en terapia. También, y en contrapartida, nos ocupamos más de nosotras; tenemos la certeza de que nuestra vida de mujeres, de profesionales, de cuidado, no termina con el nacimiento de nuestros hijos; al contrario, sabemos que sostenernos en nuestros deseos y realizaciones es un hermoso modo de fortalecerlos también a ellos.
Finalmente pienso en las enormes continuidades: ¿Madres de "antes"? ¿madres de "ahora"? ¿Será, realmente, una dicotomía, pensarlo en esos términos? Sin duda sí, un vertiginoso devenir de los tiempos fue modelando, condicionando, exigiendo diferentes modos de "lo maternal"; sin embargo, hay permanencias que nos asocian atravesando todos los cambios de época. Una obstinada forma de incondicionalidad, tal vez. Porque sí, asfixiando a veces, prejuzgando, inmiscuyéndonos, equivocándonos tanto, tenemos las madres esa forma incondicional de estar siempre: la tenacidad con que la que mi madre acompañaba mi sueño durante cada una de las noches en mis momentos de dolor es el mismo gesto terco con el que busco hoy espantar -de una forma casi animal- cualquier posibilidad de vulnerabilidad de mis hijos.

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