"No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lucas 2, 8).
Hace unos días un amigo me dijo con cierta pesadumbre en su voz, "se acercan estas fiestas que tienen una carga pesada'', y escuchamos a menudo a quienes dicen: "Odio las fiestas de fin de año''. Sucede que este mes ya tiene una carga de estrés propio de un año que termina, y eso le añadimos una carga emocional por las tradiciones familiares de juntarse, celebrar, recordar.
Mucha gente lleva en su vida conflictos personales o familiares no resueltos, entripados que nos revuelven un poco el interior y estas fiestas los ponen en evidencia. Entonces prefieren huir de los festejos, o maldecir las fiestas.
La fiesta es una expresión de alegría y a la vez es el culmen de un camino transitado. La fiesta lleva en sí la fecundidad, el gozo, la libertad interior, la felicidad, el amparo, la paz y la luminosidad del encuentro. Y este sentido celebrar la Navidad es recordar el nacimiento de Cristo, la irrupción de Dios en la historia de los hombres. Es la fiesta de la esperanza de algo nuevo. Y para celebrar, para juntarse, es necesario despojarnos de lo viejo, de aquello que nos hace ruido adentro y no tuvimos el valor de ponerlo a la luz y sanarlo. No es cinismo, es un esfuerzo interior necesario por sanar las relaciones familiares, o al menos, dejarlas en claro sin rencores ni resentimiento.
La novedad del Evangelio del Cristo que nace en el pesebre de Belén es el concepto de perdón y de la libertad. Para reconciliarnos entre los miembros de una familia, necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos, perdonarnos para perdonar. El rencor del corazón mata día a día a las personas en su ánimo y en su cuerpo. Dios nos creó libres y Jesús no conquistó esa libertad para decidir sobre nuestras propias vidas, pero una libertad que se ejerce desde el amor y el perdón. Perdón y libertad son ejes donde se alimenta la fe verdadera, el amor auténtico a Dios. Dice el apóstol Juan, quien odia a su hermano es un homicida. Y no mata a nadie con el odio, más que asimismo.
El perdón del corazón es una de la exigencia cristiana más profunda, porque es una forma concreta de agradecer lo que Dios Misericordioso hizo con cada uno de nosotros, nos amó y nos perdonó hasta dar su vida para cada uno.
Navidad será para nosotros una ver dadera fiesta si somos capaces de mirar al propio interior y aceptar que necesitamos reconciliarnos, perdonarnos. Y entonces podremos salir al encuentro del otro, del que me ofendió o al que ofendí. Podremos dialo gar sin gritar, podemos mirarnos a los ojos sin falsedades, podemos darnos un abrazo sin violencia.
Navidad será una fiesta con todas las luces, las comidas típicas, las bebidas de celebración pero dentro de un cli ma austero en un país lleno de pobres. Entonces entenderemos que si gastamos demasiado, tenemos que compartir sin derrochar. Hasta la be bida exigirá una responsabilidad frente a mis hermanos.
Navidad será una gran fiesta si so mos capaces de buscar los ancianos de la familia y traerlos a compartir nuestra alegría, si somos capaces de visitar a nuestros enfermos, si somos capaces de ser generosos con los que menos tienen. Un gesto, una palabra bastarán para dar felicidad.
Navidad será una hermosa fiesta donde celebramos la vida, no una conmemoración de los fieles difuntos que ya pasó el 2 de noviembre. Celebramos con los que están vivos, que no nos amargue el recuerdo. Comuniquemos vida.
Navidad es la fiesta de la vida, de la libertad, del perdón y de la esperanza.
Feliz Navidad a cada uno de ustedes, donde quieran que estén. Sean capaces de perdonar, de reconciliarse, de quererse.

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