Ni Reino Unido ni Unión Europea

Rodolfo Terragno

Ni Reino Unido ni Unión Europea

El Reino Unido no está unido y la Unión Europea no es una unión. Ya era así antes del Brexit. En un sentido, así fue siempre.
Para nosotros, todos los británicos son "ingleses". Así sean escoceses como Adam Smith o Arthur Connan Doyle. O irlandeses, como Oscar Wilde o George Bertrand Russell. O galeses, como Anthony Hopkins o Richard Burton. No es así. Cada pieza del Reino Unidos tiene su propia entidad.
Desde el punto de vista institucional, la mayor diferencia es la que separa a Inglaterra y Escocia. Su asociación tiene más de 300 años, pero fusión nunca hubo ni habrá.
Al contrario, hoy puede haber secesión. Escoceses e ingleses -unos gaélicos, los otros sajones- difieren en idiosincrasia.
En algunas regiones de Escocia no se habla inglés sino gaélico y en otras Scotts. Los escoceses tienen su bandera y su himno. Además de la independiente Iglesia de Escocia. Sobre todo tienen, aunque Londres ponga límites a su autonomía, Parlamento y gobierno propio, encabezado por un primer ministro. Y quieren más.
Hace dos años, en un referéndum, 44 de cada 100 escoceses votaban por una independencia absoluta. Ahora, el independentismo podría arrasar: 62 de cada 100 se acaban de pronunciar, en las urnas, a favor de que el Reino Unido permanezca en la Unión Europea, y no están dispuestos a respetar el Brexit consagrado por ciudadanía inglesa.
Inglaterra, a su vez, nunca se sintió parte Europa, y menos de la Unión, de la cual nunca fue miembro pleno. Se negó a adoptar nada menos que la moneda común, y se aferró a su libra. La mayoría de los expertos ingleses defiende la autonomía monetaria y cambiaria que el país consiguió al no adoptar el euro.
No quiere que la Unión le ordene a Londres cuándo aumentar o restringir el circulante para frenar la inflación o salir de la recesión, en particular cuando el Reino Unido tiene necesidades o posibilidades que no existen en el continente.
El país, se sostiene, debe tener libertad para decidir cuándo y cómo atacar la inflación, aumentar las exportaciones o restringir las importaciones.
Eso avala el criterio de Margaret Thatcher, a cuyo juicio Grecia no podía tener la misma moneda que Alemania. Siendo parte de la Unión, los griegos -decía ella- tendrían a disposición un gran mercado, pero no podrían aprovecharlo por no tener la libertad de compensar, mediante política cambiaria, las diferencias de productividad y competitividad que los separaba (y los separa) de Alemania.
A los dirigentes siempre les ha enervado, además, la sujeción a normas redactadas en Bruselas por el Poder Ejecutivo de la Unión: la Comisión Europea.
Y tanto los gobiernos como la mayoría de la población quieren que sea la propia Inglaterra la que decida qué emigrados pueden entrar al Reino Unido. No toleran la libre circulación que rige en la Europa.
Muchos escoceses, por su parte, creen que es más auspicioso depender de Bruselas que de Londres.
Lo que marcó el voto por el Brexit no fue solo una crisis en la Unión Europea sino el inicio de un proceso de fragmentación de los estados: lo contrario de lo que se pronosticaba años atrás, cuando se creía que la globalización iba a provocar la agrupación de los estados en "grandes espacios".
Si el Brexit significara sólo el debilitamiento (no la muerte) de la Unión Europea, no tendría la repercusión universal que muchos temen.
El verdadero riesgo universal es la sustitución de los grandes estados por pedazos de soberanía.

¿Qué te pareció esta noticia?

Compartí

0

Te puede Interesar

Comentá esta Noticia