¿Qué referir del caso Alberto Nisman que no esté ya dicho del derecho y del revés hasta el hartazgo, con buenas y malas intenciones? En un país fracturado por un antagonismo patológico, aplicado durante la década desperdiciada, un 50% quería suicidio, la otra mitad, asesinato. ¿La verdad?, bien gracias.
Que el dudoso deceso sucediera un día antes de rendir cuentas en el Congreso y a inicios de un año electoral, con los resultados conocidos, potenció las miserias de la política criolla sacando provecho de una muerte no prevista, sea por suicidio o por asesinato.
Los primeros días fueron de confusión y locura; con el correr de las semanas la tragedia entró en degradé, ventilada según el interés de cada usuario. Sin embargo, la muerte de Nisman quizás haya sido, a la hora del voto, un condicionante en el inconsciente colectivo de sectores informados, aunque no decisivo. Y menos para los populares, no por desatender la importancia del caso sino porque no les cambiaba la vida. Además, las truculencias atraen pero el mal olor retrae... ¿Fue la de Nisman otra crónica de muerte anunciada? Si esta hipótesis se confirma, la comunidad argentina habrá descendido varios peldaños más en el submundo de códigos invertidos en que se halla, y en el que nada es lo que parece. Quizás logremos imaginar por qué se lo hizo, tal vez nunca quién. El componente internacional, que involucraría un tercer país -Venezuela- hace todo más complejo. Una "razón de Estado", como salvar el acuerdo con Irán, ¿justificaba la escandalosa solución?
Como en el caso de los "trífugos", hubo acá también una maraña de complicidades oscuras de importantes sectores estatales. El gobierno derrotado en noviembre pasado delegó en el exjefe de gabinete la versión oficial que basculaba entre el suicidio y el asesinato... haciendo de la vida privada del muerto el eje central de las investigaciones. Así le pagaron a Aníbal en las urnas, meses más tarde.
El asunto nos alteró porque comunicadores y medios lo amplificaron: vendía bien elucubrar hipótesis disparatadas. Cientos de opinólogos hicieron negocio, y quienes debían conducir una investigación seria y profunda no estuvieron a la altura de las circunstancias. La escena del crimen fue contaminada del modo más chapucero, suficiente para diluir pistas objetivas. Desde entonces, ninguna respuesta satisfará a la dividida opinión pública.
Por lo demás, cualquiera de las dos opciones abre un abanico de posibilidades que van, para decirlo a grandes rasgos, desde explicaciones psicoanalíticas a tenebrosas teorías conspirativas.
Si fue suicidio, el pobre estaría asustado y desbordado. ¿Por qué?, ¿presión/es de quién/es?, ¿qué había tan avieso como para optar por la propia muerte? ¿Un ególatra incapaz de aceptar el fracaso?
Si fue asesinato, son válidas las preguntas de cualquier relato de novela negra, aún sin respuestas: ¿qué pasó realmente?, ¿cuándo sucedió?, ¿dónde ocurrió? (tal vez la única certeza), ¿quién lo hizo?, ¿por qué? (el móvil, lo más difícil).
"La verdad, ¿y qué es la verdad?", preguntó Pilatos cuando tenía la respuesta en sus narices. La buscamos y, muchas veces, cuando estamos cerca de ella decidimos no asumirla, por hache o por be.
Imposible ocultar estos sentimientos: ha sido todo tan manoseado, que presiento jamás sabremos la verdad cabal porque, en ciertas circunstancias y bien en el fondo, la verdad no interesa o no conviene, que es lo mismo. Perdón por el pesimismo confeso.
¿Oscuros designios propios (hipótesis del suicidio) o ajenos (hipótesis del asesinato)? ¿Y si se tratara de incompetencia, lisa y llana, de todos y cada uno de los estamentos intervinientes (Justicia, Ministerio Público, fuerzas de seguridad, servicios de inteligencia)? A un año de la muerte del fiscal especial para la causa AMIA (cuya tenebrosidad no alcanza para elevarla a magnicidio, pero sí un punto de inflexión para nuestro civismo elemental), todavía abundan los interrogantes. La desclasificación de documentos dispuesta por el presidente Macri, quizás imprima un nuevo impulso procesal al cabo de año.
Santo Tomás argía que, por fuerza, el mal siempre tiene alguna causa pues se trata esencialmente de una falta del bien, que instintivamente todo ser humano posee. Así, cualquiera que perciba con nitidez la añeja violencia sedimental que padece la sociedad argentina desde su formación, con picos de guerra civil, debiera -antes que intentar especular las respuestas- volver a las preguntas básicas: ¿quiénes somos, qué queremos, a dónde vamos? A 200 años de la Declaración de la Independencia argentina es imperativo categórico.

¿Qué te pareció esta noticia?

Aparecen

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora