Es malo el escrache como forma de repudio que se empieza a manifestar en forma recurrente.
Primero fue Axel Kicillof. Una, durante su regreso desde Montevideo, la otra más reciente, luego de dejar la función pública y cuando llevaba a su hijo a la escuela. Allí, los insultos casi terminaron en golpes. Luego le tocó el turno a Carlos Zaninni, escrachado en un vuelo con destino a los Estados Unidos. Tras cartón volvió a ser insultado en un avión de American Airline cuando estaba por partir con destino a Washington, previa escala en Miami.
Finalmente lo sufrió el verborrágico Aníbal Fernández, exjefe de Gabinete, que fue interpelado duramente por un pasajero, en un viaje con destino a Londres. Acostumbrado a las turbulencias, Aníbal construyó una respuesta, al mejor estilo Guillermo Moreno. "Cuando salimos juntos, el cobarde no me dijo nada", afirmó algo así. Moreno había dicho groseramente, sobre una disputa verbal con el periodista Eduardo Feinman: "Temblaba como una señorita del Liceo, a punto de debutar".
En España, hace poco se instaló un debate sobre el tema, precisamente cuando la gente reacciona con insultos verbales y violencia.
La teoría -dicen los españoles- se puede resumir de la siguiente manera: cuando la ejercen ellos, la violencia verbal es buena, cuando le pagan con la misma moneda es pésima.

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Sección Editorial

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