La caída de Dilma Roussef está muy lejos de parecerse a un golpe de Estado. La destitución se desarrolló en el marco estrictamente institucional y se asemeja mucho a la resolución de las crisis característica de las democracias parlamentarias europeas.
Dilma perdió el apoyo político del parlamento brasileño hace mucho, cuando los legisladores le negaron sistemáticamente la aprobación de proyectos.
En medio de una cadena de escándalos de corrupción, en los que ella no aparece directamente involucrada -y si varios de quienes la destituyeron- la heredera de Lula deja el poder porque la economía se derrumbó y retrocedió a los niveles de 2009. Las promesas que habían hecho posible su reelección en 2014 se convirtieron en un bumerán. Con una aprobación de apenas el 8%, Dilma Rousseff no pudo sostenerse.
Los presidentes bolivarianos reaccionaron en sintonía ideológica, pidiendo sanciones para el país. Con Nicolás Maduro y la crisis venezolana a la cabeza, la autoridad de este bloque en materia institucional aparece bastante menguada.
Es claro que la actual experiencia del populismo de izquierda -o socialismo del siglo XXI- empieza a ser parte de la historia. Es probable que Lula, uno de los más extraordinarios líderes de izquierda que haya conocido América Latina, nunca haya pensado que el antagonismo a la socialdemocracia de su antecesor, Fernando Cardoso, era tajante. Lula nunca fue chavista.
Lo que ocurra con el gobierno de Michel Temer nos interesa económicamente a los argentinos. La prosperidad de nuestros vecinos dinamiza nuestra economía; sus dificultades nos afectan. Temer empezó bien, en este punto. A Dilma la echaron por manipular las cifras del déficit y antes le habían negado la posibilidad de ampliarlo. Al nuevo presidente, en una semana, le aprobaron el doble de lo que pedía Dilma.

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