Este 10 de diciembre quedará registrado con singular relieve en la historia argentina del siglo XXI, principalmente, porque los hechos de la gestión saliente de la hoy expresidenta Cristina Fernández reflejan situaciones que, como ella se complacía en categorizar, "nunca antes" habían tenido lugar, en este caso en la rutina del traspaso del Poder Ejecutivo, por cumplimiento del plazo.
Llegados los tiempos constitucionales del recambio presidencial, el autoritarismo que la gestión saliente ejerció por más de una década, se replicó patéticamente en los tiempos de la transición, amenazando ensombrecer el tradicional acto.
Porque "nunca antes", contrariando públicamente los derechos de su sucesor, un presidente de la Nación había dado órdenes para ser cumplidas después de finalizado su mandato, exorbitando notoria y públicamente sus facultades de gobierno. En este caso las disposiciones eran las que deberían ejecutarse el jueves 10 de diciembre de 2015, cuando ya no era mandataria y relacionadas con las circunstancias de tiempo, lugar y modo de entregar los atributos concretados en el bastón y la banda presidencial.
Nunca antes tampoco el gobierno argentino había tenido tan en vilo a los servicios de seguridad de los jefes de Estado extranjeros que asistían como invitados a la ceremonia, al provocar incertidumbre sobre el lugar de traspaso del gobierno, incertidumbre que incluía los itinerarios para ir o no desde el Congreso Nacional hasta la Casa Rosada.
Nunca antes, jamás un ministro de la Nación había acompañado públicamente la modificación del acto tradicional, con provocativas afirmaciones notoriamente inconstitucionales a guisa de fundamentos y sólo con la clara intención de añadir más confusión.
Nunca antes un presidente electo, ya proclamado en Asamblea Legislativa, hubo de sufrir el destrato del presidente saliente, realizada tanto con expresas acciones como con agraviante omisiones, durante la semana y media que duró el período de transición.
Nunca antes en la Argentina un presidente de la Nación en el ocaso de su mandato, dio instrucciones a sus ministros para que negaran toda colaboración, información y acompañamiento a los futuros ministros del área del gobierno entrante.
Nunca antes, en la Argentina de los siglos XX y XXI, un presidente de la Nación se negó a conceder conferencias de prensa para explicar el embrollo que desconcertaba a la opinión pública, conferencias que son una sana costumbre de las democracias modernas.
Y nunca antes tampoco se había hecho un descargo sólo por escrito y torciendo a su gusto pasajes de la Constitución Nacional, en especial el artículo 91 que dispone que "El presidente de la Nación cesa en el poder el mismo día en que expira su período de cuatro años; sin que evento alguno que lo haya interrumpido pueda ser motivo de que se le complete después".
Nunca antes, en los anales de la Dirección de Ceremonial y Protocolo, el platero que confeccionaba el bastón presidencial asumió la categoría de árbitro respecto de las diferencias formales que mantenían la administración saliente y la nueva sobre el punto.
Nunca antes tampoco, en la historia de las transiciones gubernamentales, el gobierno que se iba culpó de sus males y sus errores al gobierno que arribaba, en una inversión lógica y temporal similar a los conflictos de causalidad que creó la pluma de Charles Lutwidge Dodgson, que primero sorprenden y luego divierten, en clave de disparates de impecable resolución.
Salvando el hecho de que Alicia era coherente y Cristina no lo es; y que la literatura infantil no es institucional ni política.
Nunca antes, seguramente, una sola persona había logrado devaluar tanto la presidencia de la Nación como institución.
Un resultado igual fue obtenido por Richard Nixon con la presidencia norteamericana.
En ambos casos la mentira fue el eje de la acción corrosiva y devaluatoria. Nixon terminó sometido a juicio político y renunció.
Al promediar el mandato. La expresidenta Cristina Fernández, sin juicio político pero sí el de las urnas, siguió mintiendo hasta literalmente el último minuto.
Porque nunca antes un presidente argentino había faltado a la verdad en cuestiones institucionales en el discurso de despedida.
Pero Cristina lo hizo. En la tardenoche del 9 de diciembre de 2015, en uno de los pasajes de más alto voltaje y repercusión en el público, dijo que le había dolido mucho ver un presidente surgido de una sentencia judicial, al que nadie había votado, "Será que la próxima vez, además de presidente, tendremos que votar presidente provisional también en la boleta", agregó. Como abogada, pero también por la experiencia de sus períodos legislativos y presidenciales, sabía, o debía saber, que a los senadores los elige el pueblo en forma directa por así disponerlo el art. 54 de la Constitución Nacional.
Todos ellos eligen a su vez, entre sus pares a algunos como autoridades de la Cámara.
Esos senadores que sus pares colocan en la vicepresidencia provisional del Senado tienen obligaciones que cumplir.
Una de ellas surge de la Ley de Acefalía de la Nación 25716 que establece que en caso de faltar presidente y vicepresidente de la Nación, el Poder Ejecutivo "será desempeñado transitoriamente en primer lugar por el Presidente Provisional del Senado...", fue la circunstancia de tiempo y de modo que ocurrió desde la cero hora del 10 de diciembre pasado.
El senador Pinedo había sido votado por el pueblo y ésta era una de las obligaciones que debía eventualmente cumplir en ese carácter, hasta tanto el presidente electo Mauricio Macri prestara el juramento de rigor.
Finalmente, aunque no por ello menos importante, apartando esta serie de situaciones rocambolescas que seguramente se convertirán en anécdotas triviales, acaso jocosas, de la historia, lo que realmente puede otorgar envergadura y carácter para hacer recordable históricamente este acto de traspaso y posterior jura del gabinete, es que nunca antes en la historia argentina contemporánea, un gobierno nacional entrante de determinado signo político, ha confirmado en su cargo a un ministro de la administración anterior, de signo político contrario, en reconocimiento a sus condiciones éticas, capacidades académicas y eficacia en la gestión como es el caso del Dr. Lino Barañao.
Todo un gesto político de convivencia, de anteponer los intereses de la Nación a los del Gobierno, que por contraste, coloca al borde de lo grotesco las actitudes y caprichos ejecutados en los últimos días de su mandato por Cristina Fernández de Kirchner.
Ese empecinamiento y la incapacidad de diálogo en un punto meramente protocolar desnudó una vez más el autoritarismo que exhibió durante sus mandatos presidenciales.
Como alguna vez la expresidenta dijo, citando al Gral. Perón, que "del ridículo nunca se vuelve" (La Plata, 21/5/2013), su conducta en estos días, aparentemente dirigida a reafirmar su liderazgo del peronismo-kirchnerismo sólo consiguió alejar a muchos políticos entonces oficialistas, que han partido en busca de otros líderes. Diáspora que también será un hecho que hará recordable estos inusuales días de cambio de gestión.
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Sección Editorial

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Álvaro Figueroa
Álvaro Figueroa · Hace 11 meses

Felicitaciones al Dr. Armando Frezze, tanto por la pluma impecable, cuanto por la ponderable memoria, que lo llevó a enumerar la grotesca colección de faltas de respeto (a la Constitución, al sucesor, a la ética, al buen gusto, etc.) incurridas al tiempo del despido. También, al dibujante Juan Serrudo, que con certeros trazos describe el vergonzoso estado de cosas provocado.


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