Paciencia en la cabeza, destreza en las manos y fuerza en los dedos. Nicolás Pernas (24) es la tercera generación que hereda la necesidad de trabajar el cuero. A los 20 años y con una extensa tradición que honrar, inició la fábrica de botas salteñas La Esquina del Carpincho.
Su abuelo José Pernas había fundado en 1959 Permoy, que junto con Perri y Torcivia fueron los fabricantes de un calzado que recorrió los escenarios del mundo en los pies de grandes cantores. De hecho Permoy calzó a Jorge Antonio Cafrune, el poeta afirmado en la vivencia de los pueblos. Y hoy Nicolás arma sus botas con la misma pinza que su abuelo José confeccionaba las de aquel cantor popular. Sin embargo, como todo comienzo, esto de armar un comercio a los 20 años no resultó sencillo. Nicolás estudiaba Veterinaria y tenía las preocupaciones de su edad; pero el espíritu emprendedor vivía agazapado en su pecho, dándole señales de insatisfacción. Así fue como con el apoyo de su madre, Martha Sazalar; una de sus hermanas, Lilian Pernas; y de su esposa, la Lic. en Comunicaciones Sociales Noelia Bello, se animó a ponerse por su cuenta, un camino que lo reconectaría con su pasado. En los comienzos Linder, "un zapatero de los de antes", le prestó 30 hormas. Además hace dos años Nicolás contactó a una tía, viuda de uno de sus tíos también fabricantes de botas. Este señor había muerto hace 20 años, dejando su taller intacto. "Yo pude comprarle hormas y me sentía recuperando mi historia", dice hoy Nicolás. Un sentimiento similar habrá embargado a Mateo, empleado de José Pernas, luego de Esteban Pernas -padre de Nicolás- y ahora mano derecha del joven.
La juventud no siempre es un valor en los negocios y su edad se le presentó como un punto en contra a Nicolás, hasta que pudo demostrar que estaba calificado y era muy competente. "En un principio cuando coordinaba reuniones en Buenos Aires con los clientes al recibirme me decían: "No, seguramente no hablé con vos, sino con tu papá. Sos muy chico, con vos no puedo hablar'' y yo me desesperaba por demostrar que un joven de 20 años no es un niño, sino que también puede ser un hombre", relata.
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<div>La pinza que Nicolás heredó de su abuelo José Pernas. Foto: Lucas Alascio</div>
La pinza que Nicolás heredó de su abuelo José Pernas. Foto: Lucas Alascio
Acerca de este oficio, de detalles reservados y ocultos, comparte: "Lo que más demora es el armado de la pieza. Cada parte tiene su ciencia y hay que dedicarle tiempo y atención porque si te distraés te podés lastimar un dedo o tajear una bota. Esto es hecho a mano cien por cien artesanal, solo usamos máquina para la costura y el lijado; pero el armado es a pinza y martillo". Evaluando sus habilidades comenta que no es modelista y a pesar de ello pasa jornadas completas dibujando sobre papel de diario, pintando, modelando hasta que sale una bota, luego la corta, la apara y ve cuál es el resultado. Mateo y él trabajan codo a codo en el taller. "Yo corto y él arma, o a veces lo ayudo a armar. En ocasiones ponemos música, hablamos sobre River Plate porque los dos somos gallinas... hay que pasar el tiempo de alguna manera", comenta.
Nicolás no esquiva la pregunta de si el sector está atravesando una crisis. "Vienen muchísimos productos importados desde China, aunque la bota salteña es famosa en todo el mundo. Él que realmente sabe que es sinónimo de una bota dura, que es para el trabajo, resistente, sigue comprando. Es tanto una bota para el hombre de campo como para el presidente de una república. No sabe de clases sociales", dice y acaricia las botas dispuestas en los estantes de su negocio con ojos de amante. Agrega que piensa en los referentes que lucen las botas salteñas -no necesariamente de su marca- como el Chaqueño Palavecino y en su momento Cafrune, Los Chalchaleros o Los Cantores del Alba. "Todos llevaron con honor las pilchas gauchas", dice. Él trabaja cuero de carpincho, vaca, iguana y búfalo que compra a criaderos de la provincia. Si bien está acostumbrado a que la calidad en la elaboración de sus productos fidelice a los clientes, a menudo se lleva sorpresas.
"Hará un mes me pasó que estaba cerrando a eso de las 20 y paró un taxi. Se bajó una mujer y cuando la atendí me dijo: "­Lo que me costó llegar! Vengo de Tierra del Fuego y cuando me bajé del avión quería dos cosas: ir a la Virgen del Cerro y a la Esquina del Carpincho", comenta. Añade que a las botas se las mantiene fácilmente porque el cuero está muy bien tratado. "Es cuero que ya está curtido y no hace falta ponerle nada. Por ahí si se ensucian con tierra podés agarrar un cepillo y las lavás y las dejás secar en la sombra, aunque si se te cae una gota de grasa ya olvídalo, tenés que teñirla de negra", explica.
Aunque empezó haciendo botas se fue diversificando en camperas, chalecos, boinas, cintos, alpargatas, billeteras, carteras y llaveros. La llamativa variedad se debe a pedidos expresos de los clientes y a que al cortar el material le quedaban restos para aprovechar.
También empezó a trabajar con las hormas texanas (de punta triangular, en vez de redondeada). "Mi abuelo se debe de estar retorciendo en la tumba porque a él le gustaba lo tradicional nada más", se preocupa.

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