No hay razón alguna para que una mujer sea maltratada y sufra por ello. No importa qué pasó o lo que sucedió. La decisión de denunciar, en el marco de violencia familiar, nunca es fácil ni es tomado a la ligera y suele ocurrir después de muchas situaciones de violencia, algunas veces sutiles e imperceptibles: "sos mía y de nadie más", "soy celoso porque te amo", porque te cuido quiero saber dónde y con quién estás". Y otras veces más notorias y evidentes como el chiste burdo delante de otros, el descrédito, el pellizco y el forcejeo que preceden al golpe. Luego aparece el arrepentimiento de rodillas, la promesa de cambio, lo hagamos por los chicos, el juramento de amor eterno. Ella pone en la balanza el amor que siente, la esperanza, las nuevas oportunidades que traen los cambios, pero que finalmente no llegan. Al poco tiempo, otra vez lo mismo. Sin que pudiera advertir fácilmente queda entrampada en este circuito que se repite con cierta frecuencia, que produce dolor y sufrimiento y que se naturaliza. Romper, separarse del agresor, es un proceso complejo que lleva su tiempo, que no debe forzarse. La denuncia es un acto que le permite a la mujer poner en conocimiento a la Justicia sobre las agresiones y maltratos que viene sufriendo con el objetivo de que esta actúe e imponga medidas de protección, generalmente abstención de agresión, exclusión de hogar y prohibición de acercamiento del agresor, aunque esto no es lo único, ya que pueden tomarse otras medidas según los jueces lo ameriten. En este acto, resulta indispensable prestar especial atención al relato de la mujer y lo que ella necesita. La denuncia es una posibilidad entre tantas otras alternativas que deben analizarse en función de su situación particular y nadie mejor que ella para poder definirlo.

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