Muchos nos proponemos objetivos nuevos para el año que comienza. Bah, decimos que son "nuevos", pero en realidad son reciclados, refritos del año pasado que no pudimos cumplir, así que les pasamos un trapito y los hacemos pasar por nuevos. Somos unos caraduras.
Creo que el error está en proponemos cosas en términos de un año calendario. Hay deseos cuya realización tomaría más de 12 meses, que requerirían que cambiemos de genética, de país o nos ganemos el Quini. El objetivo más reversionado de todos debe de ser "este año arranco la dieta". Y sabemos que quien está hablando es la culpa que nos generó la ingesta descontrolada de platos navideños. Mucho turrón en sangre nos hace prometer imposibles y terminamos haciendo con ese objetivo algo muy coherente con nosotros: nos lo comemos.
Al mejor estilo Mirtha Legrand con su clásico "este año me retiro de los almuerzos", muchos arrancan el año prometiendo "este año me recibo". Y eso no sucede. Es que, claro, no alcanza con proponérnoslo y pedirlo como deseo de cumpleaños, a Papá Noel, a los Reyes y al Ratón Pérez. También hay que estudiar.
El objetivo "este año dejo de fumar" es el que más vida corta tiene. Nos lo fumamos el mismo 1 de enero después de comer.
Y así podemos nombrar un montón. Propósitos de Año Nuevo como colocar estantes en la cocina, arreglar esa puerta que rechina, cambiar de trabajo, ponernos de novios, empezar el gym... Todos deseos que no cumpliremos, ya que alguna suerte de amnesia nos sobreviene la primera semana de enero y no los recordamos hasta el año que viene, cuando para esta fecha se pone de moda prometer imposibles.

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