Cualquier hecho de violencia es repudiable, cualquiera sea el alineamiento de víctimas y victimarios. El ataque contra un local de Nuevo Encuentro, con el resultado de dos jóvenes heridas, además de repudiable es inexplicable. Pero tan repudiable como el uso de la violencia por parte de los agresores lo es la utilización de esas agresiones para intentar llevar agua para el propio molino.
Es ridículo pensar que a Cambiemos le conviene un episodio de esa naturaleza en un barrio tradicional de Buenos Aires; tan aventurado como conjeturar que el líder de Nuevo Encuentro, Martín Sabbatella, hubiera contratado a algún matón para victimizar a su partido y ganar las cámaras que perdió desde que dejó el cargo.
Las declaraciones de Carlos Heller y Héctor Recalde, veteranos kirchneristas que saben perfectamente que la primera violencia es la verbal, no ayudan a aclarar nada, ya que atribuyen al gobierno la responsabilidad de un delito del que ellos, se supone, no conocen la autoría.
Hablar de "revanchismo" o sostener que "estamos en el comienzo más violento de un período democrático" es oportunismo y, al mismo tiempo, muestra de debilidad.
Ningún episodio violento de los que tiñeron la última década los conmovió de la misma manera. Ninguno de los tres se mostró inquieto por esclarecer la desaparición de Julio López, no mostraron solidaridad con las familias de las víctimas de Cromañon y de Once, ni mucho menos con los sesenta muertos registrados en protestas sociales desde diciembre de 2010.
Por supuesto, tampoco cuestionaron la campaña oficial de agravios y de desacreditación contra el violentamente muerto Alberto Nisman.
Cuando la violencia se juzga en función de los negocios políticos, solo se alimenta la renovación permanente de la intolerancia, la agresión y la muerte.

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Sección Editorial

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