A 60 grados bajo cero los pasos sobre la nieve suenan tan duros como una danza sobre el metal. El aliento se hiela y queda flotando como el aura de un ángel. Cien cuchillos cortan la cara al mirar hacia el origen del viento. Los coches no pueden parar el motor porque no volverían a arrancar. Y al llegar a casa uno mete las manos en el congelador y nota un intenso calor que reconforta. ¿Estamos fuera del sistema solar?
No es el fin del mundo, es la fábrica de invierno: dicen que desde esta planicie, en la república rusa de Saja, brota y se reparte por todo el mundo. Y justo en el corazón de Siberia hay un pueblo pequeño y silencioso: Oymyakon, donde medio millar de paisanos se encogen de brazos cuando les dicen que la localidad está en los libros como el lugar habitado más frío del mundo.
La imagen de las barandillas congeladas con una capa que parece de azúcar glas, del sol como una mancha en el horizonte y la furia de la ventisca cuentan ya toda la historia. Pero el occidental que visita el lugar suele menear la cabeza buscando palabras para explicar el frío que ha pasado. La temperatura media del termómetro marca 50 ºC bajo cero durante los largos meses de invierno. El ajedrez, el cansino transitar de los renos, los cantos populares y, sobre todo, el vodka distraen un poco a los habitantes de su principal dedicación: sobrevivir.
Sombreros de piel de zorro, gafas de esquiar, ropa interior decimonónica y botas recubiertas de pelaje de reno y un buen manojo de supersticiones cotidianas sirven para abrirse camino en esta tierra bella y salvaje. Mermelada, carne de reno, bloques de sangre de caballo congelada con macarrones, té ardiendo y pescado recién sacado del río son el combustible para aguantar hasta el verano luchando contra los elementos en una tierra donde hasta morirte es una batalla contra el hielo: antes de enterrar a los seres queridos hay que hacer una hoguera en el suelo para que se pueda cavar.
A 7.000 kilómetros de Moscú asoman las cabañas de madera de Oymyakon viajando un día y medio por la autopista de Kolima, conocida como la 'carretera de los huesos' por la cantidad de prisioneros que murieron construyéndola.

'Eso da titulares'

Amos Chapple, un fotógrafo neozelandés, llegó en los primeros días de 2013. Quería conocer el lugar más frío de la tierra: 'Eso da titulares', dice riendo. La gran aventura empieza con una noche por carretera, dentro de una furgoneta de doble ventana con un ventilador de aire caliente en el interior que sin descanso proyectaba hacia su cara una molesta calidez. 'Dormíamos con el motor encendido, que es como intentar hacerlo con un grifo abierto, psicológicamente algo no cuadra en tu cabeza'. Fuera, la temperatura iba ya por debajo de -50 grados. La mínima de enero llega con frecuencia a 68 bajo cero.
Más hacia el este de las montañas de Kolima -inhóspitas pero ricas en oro- que estiran sus brazos de roca y hielo hasta Chukotka, una tierra de esquimales. El lugar más helado está a dos zancadas del fin del mundo. Al llegar a la localidad un letrero da la bienvenida al polo del frío.
El nombre de Oymyakon viene del término kheyum, una palabra del idioma yakuto que significa charca que no se congela, ese lugar donde pasan el invierno los peces que sirven de alimento a los vecinos de la zona. Los sacan del agua y no tienen que preocuparse por la conservación: los ven congelarse ante sus propios ojos en cuestión de minutos. Entre las cosas que son una proeza en Oymyakon está ir al cuarto de baño: las cañerías explotarían por el frío, así que lo que más se estila es la austera caseta a unos metros de la casa. Es lo que descubre el viajero en la primera parada en el camino.
A oscuras y situado fuera de contexto está el café Cuba. Ahí Amos contempló el monumento más extraño de su vida: 'El váter no es más que un agujero en el suelo y desde ahí pude ver una especie de pirámide de excrementos, tenía dos metros de altura y parecía durísima y enormemente afilada porque todo lo que cae se congela al instante, daba la impresión de que si caías sobre ella morirías ensartado', explica Chapple. Todavía recuerda tener que dar calor a su cámara con el pecho para conseguir que funcionase. Las fotos hay que tomarlas sin respirar, pues el aliento queda flotando en forma de nube y lo emborrona todo.

Tres horas de luz al día

Durante esos meses de diciembre y enero la vida se ralentiza. La luz del día apenas dura tres horas y en la calle puedes extender las manos hacia un contenedor de basura ardiendo y parece que jamás te quemarás. Escribir un mensaje de texto significa que el dedo no será el mismo durante el resto del día. Y cruzarse de noche con algún vecino puede ser un test de camaradería o una pelea de las que acaban con las narices sangrando: 'Se acercaban tipos con chaqueta de cuero y mala cara, diciendo que esas calles eran suyas por la noche, uno dijo que me iba a patear el culo y directamente lo hizo, con una patada patética', recuerda Chapple divertido, que captó algo envenenado y al mismo tiempo encantador en el ambiente. 'Muchos de ellos pueden ser bruscos y borrachos, pero lo cierto es que todo el mundo está pendiente de los demás, paran el coche al ver cualquier cosa rara en la cuneta', explica sobre su experiencia durante aquellos días de frío en los que no quedó más remedio que ponerse en manos de los lugareños.
Bolot Bochkarev, que organiza viajes por la zona de Yakutia y también a Oymyakon, tiene el lujo de ver la aurora boreal o acariciar a los renos durante su jornada laboral: 'Son unas verdaderas vacaciones rusas, una aventura suave', explica. Sus clientes son aventureros acostumbrados a dormir cada día a 500 kilómetros del lugar donde pernoctaron la noche anterior.
El frío cada vez llama a más curiosos, y ahora hasta ofrecen servicio de guía en español. La visita de los valientes que se apunten queda certificada con un documento que afirma que se ha visitado el pueblo más frío del mundo. Aunque normalmente los recuerdos son más duraderos que el diploma. Y los detalles fisiológicos siempre sobresalen: 'A veces la saliva se helaba como si fueran agujas, pinchándome los labios', recuerda el fotógrafo.
Ser el lugar más frío del planeta es un título que se disputan otras localidades rusas no lejanas como Verjoyansk, que en todo caso tiene el récord Guinness de mayor variación de temperatura (de -68 a 37 grados centígrados).
En el caso de Oymyakon el sitio debe su fama a un horrendo día de 1924 -el año en el que murió Lenin- en el que la temperatura se despeñó hasta -71,2 grados centígrados. Un monumento recuerda el hecho histórico, que en el pueblo se contempla con una mezcla de pesar y orgullo. 'Es un tópico que la gente allí acepte el frío: odian el frío, le tienen miedo, huyen de él, se lo quieren quitar de encima', insiste Chapple, que recuerda la escena de una mujer comprando salchichas congeladas en la tienda: 'En cuanto las dejó en la bolsa se colocó la mano entre el antebrazo y el tronco, con ansiedad, como si le mordiese el frío del congelador'. En lugar de comprar barras de pan se adquieren barras de agua: para beber se consumen en grandes bloques de hielo que hay que ir a buscar a la tienda.

Reserva de diamantes

La región es rica en materias primas. Hay escuelas, una oficina de correos, un banco e incluso una pista de aterrizaje que sólo es operativa en verano. Lo modesta que es la vida sobre la superficie contrasta con la riqueza que hay bajo la tierra: grandes reservas de petróleo, gas natural, carbón, diamantes, oro y plata. La mayor parte de los diamantes de Rusia se extrae de la región de Saja, responsable del 20% de la producción mundial.
Pocos visitantes invernales saben que Oymyakon también conoce el bochorno: durante la temporada estival pueden alcanzarse los 35 grados sobre cero. Ésa es la ocasión de hacer acopio de víveres y sacar partido al ganado. Entre junio y finales de septiembre es el momento en que las vacas pueden dar leche, que queda almacenada en bloques congelados para el resto del año. 'Ahí la vida es una batalla', coinciden los que han recorrido la zona. Empezando porque existe riesgo de congelación si se permanece más de 15 minutos en la calle.
En Oymyakon sorprende que hay vecinos de edad avanzada, pero el consumo de alcohol hace estragos como en otros lugares de Rusia, sobre todo entre los hombres.
La gasolina de los coches se congela a -45 ºC, por lo que cualquier habitante de Siberia sabe que no se puede apagar el motor más que unos pocos minutos. 'Cuando vas a una tienda dejas el vehículo aparcado con el motor en marcha, y para estacionarlo por la noche en un sitio lo aparcas en un párking con calefacción, no te puedes arriesgar a que se congele', explica Alona, una veinteañera que nació cerca del lago Baikal y contesta tajante cuando se le pregunta por las rutinas que rompe el frío: 'Nada, seguimos con nuestra vida normal'.
Lo cierto es que a temperaturas inhumanas los quehaceres cambian. El colegio suspende sus clases si la temperatura baja más de 51 grados, aunque con un grado menos los niños siguen dibujando un pequeño rastro de abrigos de colores en la nieve: pasito a pasito entre la ventisca azul. En la parte de atrás de la escuela hay una central térmica, cuyo personal ostenta la enorme responsabilidad de mantener al barrio caliente. Esto es: con vida. Porque en Oymyakon se vive burlando al frío, que insiste en morder noche y día.
Fuente: El Mundo

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