La economía del siglo XXI será cada vez más dependiente de los recursos naturales. El crecimiento demográfico mundial y el aumento en el consumo de energía por habitante han abierto nuevas oportunidades y hasta tanto las energías renovables se hagan más competitivas y rentables, el gas natural seguirá siendo una de las fuentes de energía más importantes, pues además de su potencial energético disminuye la emisión de contaminantes con respecto al petróleo.
Pero el mundo asiste a un fenómeno que no se producía desde la década del 40: la caída en el precio internacional del petróleo. Como sucede cuando un producto sobreabunda, en los últimos dos años el precio del petróleo cayó de 100 a 30 dólares el barril, provocando un verdadero cimbronazo a nivel global.
Este fenómeno obedece a múltiples factores de política internacional. La reincorporación del gran productor de hidrocarburos, Irán, a los mercados mundiales luego del levantamiento de la sanción que en el año 2012 le había impuesto Estados Unidos; los desacuerdos que persisten dentro de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo); la puesta en práctica del fracking (yacimiento no convencionales) en especial en EEUU; el aumento de la producción rusa y una menor demanda por parte de los países que forman el bloque conocido como BRIC por sus siglas (Brasil, Rusia, India y China), que afrontan serios problemas financieros internos, son factores que empujan hacia abajo los precios del petróleo.
Ante ese panorama mundial, el interrogante pasa por conocer cuál sería una solución para la industria de los hidrocarburos, inclusive para los países como Argentina. Sencillamente orientar todos los esfuerzos a la producción del gas, que dicho sea de paso se aloja en las rocas del subsuelo norteño en mucha mayor cantidad que el petróleo mismo.
En los años que vienen los hogares argentinos de todas las regiones deberían contar con gas natural para reemplazar definitivamente al gas envasado en garrafas. El gas debería seguir abasteciendo a las fábricas o seguir alimentando los grandes complejos de ciclo combinado que producen electricidad, más aún tomando en cuenta un factor fundamental: el gas es mucho menos contaminante que el petróleo y el carbón.
Los productores de gas en la Argentina estiman que una readecuación del costo de la producción a boca de pozo en torno a los 4,7 dólares por millón de BTU "es un precio razonable que permitirá reacomodar el sector, (actualmente se abonan 20 dólares, mientras el precio internacional supera los 60) de acuerdo a las estimaciones que hace la industria sobre la anunciada revisión tarifaria".
El norte, actor fundamental
Hasta tanto eso suceda y el gas de las cuencas argentinas reaparezca en la superficie, nuestro país comenzará a recibir el gas que viene desde Chile, pero que tiene como origen el continente asiático.
La misma infraestructura que durante la década del 90 y hasta hace 10 años se utilizó para enviar gas a Chile hoy se utilizará en sentido contrario. Las ventas del vecino país comenzarán a llegar a partir del mes de mayo y hasta septiembre, para hacer frente a la gran demanda en los meses de invierno a través del gasoducto Norandino, que conecta Chile con el norte de la provincia de Salta, y por otro gasoducto que conecta el vecino país con la provincia de Mendoza.
En definitiva, la nueva realidad de precios del petróleo en el mundo y la posibilidad de replantear la política energética le dan la oportunidad de devolverle atractivo a la inversión gasífera para recuperar reservas, aumentar la producción y afirmar el liderazgo tecnológico argentino en la cadena de valor de esta industria, panorama en el que el norte debe ser un actor fundamental.
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Sección Editorial

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