A los siete años Liliana Papa Michael (60) ya defendía de propios y ajenos que su vocación irrenunciable sería la peluquería. Sus papás Silvestre Cardozo, empleado de Ferrocarriles Argentinos, y su mamá Pascuala Fernández, ama de casa, habían escuchado cientos de veces sus reclamos por una formación profesional; sin embargo, las capacitaciones se dictaban en la capital, esa frontera contra la que se malogran los sueños poblados de estrellas de los chicos del interior.
"Desde que tengo uso de razón le pedía a mi papá que quería estudiar peluquería y él me decía que cuando terminaran las clases durante las vacaciones largas me iba a llevar a estudiar. Pasaban y me decía que no, que en las vacaciones de invierno y así seguíamos...", recuerda. En 1968 la familia dejó Tartagal para afincarse en la ciudad y el anhelo de Liliana podía llegar a fructificar.
Con 15 años se presentó en la Escuela de la India, donde instruían en peluquería y otros oficios en boga. En aquella época los cursos profesionalizantes únicamente estaban destinados a adultos. Pero ella ya se había formado un propósito. Habrá sido su rostro asombrado de niña tartagalense o el "a mí me encanta, mi papá no me ha dejado venir, ya lo he intentado varias veces". El hecho fue que la secretaria la anotó. Durante los tres años de formación le enseñaron a lavar, acondicionar, secar, cortar, estilizar, hacer la permanente, alisar y teñir el pelo. Aunque lo que más recuerda era la elaboración de posticería.
"Eran metros y metros de pelo natural que había que tejer. No había venta de pelo y la gente no le daba importancia. Únicamente cuando cortábamos el cabello sacábamos materia prima para pelucas", dice y su comentario queda desfasado en la actualidad cuando el mercado de la cosmética volvió oro en polvo cada mechón bien cuidado con potencial para engrosar una cortina.
Toda alumna recuerda a su primera profesora, Goguina Blás de Olivares, "que fue una excelente peluquera y sumamente exigente con nosotros", detalla. Cada aprendiz debía llevar a la modelo y pagarle el colectivo tres o cuatro veces a la semana. Apenas formada, Liliana entró a trabajar con un nombre que se inscribió con letras mayúsculas en el sector: Marta Alicia. De ella dirá que aprendió el afán de superación, la ambición dirigida hacia el trabajo y el éxito. "Me gustaban mucho las competencias y no me perdía ni un detalle cuando ella hacía su preparación. Marta ganó la Tijera de Oro, un premio que otorgaba la Asociación de Peluqueros a nivel nacional y lo trajo a Salta", señala.
A los 22 años Liliana se independizó y a los 23 años se casó con Ramón Papa Michael (63), quien la acompañó en toda su carrera desde el momento cero en que se transformó en Ely. Ely Peinados, su negocio, funcionó 35 años en Catamarca esquina La Rioja.
Experiencia
En el transcurso de estos años las anécdotas se multiplicaron. En el cóctel de una buena peluquera habría que mezclar psicología, higiene, carácter templado y organización. Además el diferencial: una voluntad y una satisfacción propia en la que el público ama reflejarse. Claro que los peluqueros tienen fama de... "Dicen que nos gusta la tijera, pero también algunos somos conscientes de que te dicen dos centímetros y son solo dos. Ahora hay peluqueros que se creen los dueños de la cabeza", señala y se recuerda a sí misma aplicándole un carterazo como correctivo a doña Porota, quien le cortaba el cabello de niña. "Los niños lloran en la peluquería y aprendí de eso. Porque las chiquitas dicen: "Cortame hasta acá'' y las madres te hacen señas desde atrás para que les cortes más y le hacés caso a la madre y las chicas se largan a llorar. A mí me pasó y ni por la vereda de la peluquería esa quería pasar. A los chicos les queda marcado para siempre", relata.
Hay una prueba de ética profesional que quienes se dedican a esta profesión afrontan a diario. La conveniencia o no de hacerle un cambio desfavorable al cliente respecto de su fisionomía o edad. "Vienen y te dicen: "Me quiero hacer una base, tintura y mechitas'', que son tres trabajos muy fuertes y no se los debés hacer juntos. Si sos comerciante se los hacés y después que se arreglen con un baño de crema. Pero yo les digo que no. Para mí el cabello es como un bebé, al que hay que mimar, hay que cuidar y hay que proteger", expresa.

Las modas
Los gustos colectivos son volátiles como el mercurio y Ely mira con reserva ciertas tendencias que prevalecen por estos días. "Hay cortes que me parecen un espanto, pero la gente los pide, como los asimétricos avanzados. Los chicos que se rapan la mitad de la cabeza, que se hacen dibujos craneales. Las chicas que se rapan los dos laterales y les queda un penacho como a los mohicanos. Eso a mí me parece espantoso, pero realmente hay chicas a las que les queda hermoso", se sorprende.
La matrix de conocimientos denominada internet ha elevado a cualquiera con acceso a ella en un pseudoaprendiz.
"Ahora todos estamos más cerca de la moda con la tecnología. La gente copia y saca cosas de internet y a veces lo margina al peluquero, aunque un corte o peinado no le quede bien, sino parecido; pero se conforma con eso", lamenta.
A pesar de ello Ely es de los profesionales que mantienen a sus clientes cautivos por su dedicación. "Yo les preparo los tratamientos capilares como un médico y la gente me lo agradece", acota. Hace dos años Ely dejó de atender clientas en la peluquería. Tenía problemas de salud: el estrés de mantenerse activa en la distribuidora de productos cosméticos Rafeeli y la escuela Alta Capacitación Profesional (ACP) le habían provocado un síndrome vertiginoso. "Cerré porque ya era mucho. En realidad, me la cierran mi marido, mis hijos y mi nieto, porque yo siempre pensé en envejecer en la peluquería", se desahoga.
Ayer durante su entrevista con El Tribuno Ely estaba haciendo el balance de la última Expo Look, las jornadas de exposición y capacitación que realiza hace diez años y que reúnen a los estilistas y esteticistas más importantes del país para que perfeccionen y actualicen a los profesionales de la región.
El 15 y 16 en el Centro de Convenciones ella arregló a mujeres "reales" y recuerda ahora a dos señoras: una de 53 años y otra de 52. "Les hicimos el color y ya se vieron diferentes. Al otro día les cortamos el pelo, les pusimos ropa más moderna -normal no extravagante- y hasta ahora me agradecen", cuenta. Y cuando habla de la Expo, Liliana, la que se veía sin oportunidad, y Ely, la estilista exitosa, son una. También en su última reflexión: "Para ser buen peluquero hay que tener mucho amor. Cuando te gusta de alma y corazón no te cuesta, siempre querés más".

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