Jamás en la historia de la diplomacia internacional hubo una negociación tan compleja como la que culminó con la firma del Acuerdo de París, suscripto por 195 países, que establece un "antes" y un "después" en la lucha mundial contra el cambio climático. "Siempre podrán decir que el 12 de diciembre de 2015 estuvieron en París y podrán sentirse orgullosos ante sus hijos y sus nietos", proclamó eufórico el presidente francés, Francois Hollande, al celebrar la aprobación del texto consensuado en la reunión final de la Cumbre del Clima.
Con razón, Hollande definió el acontecimiento como "el primer acuerdo universal en la historia de las negociaciones climáticas". Porque el acuerdo de París, que entrará en vigencia en 2020, sustituye al Protocolo de Kyoto, aprobado en 1997, que no fue ratificado por Estados Unidos y China, precisamente las dos economías más contaminante del planeta. Esta vez, Washington y Beijing fueron parte de este nuevo consenso mundial. Más aún: el acuerdo firmado por ambos países en noviembre de 2014 fue decisivo para el éxito de las negociaciones de París.
El objetivo principal del acuerdo es lograr que el aumento de la temperatura global a fin del siglo XXI quede por debajo de los dos grados y lo más cerca posible de 1,5§. A tal efecto, los países desarrollados se comprometen a invertir 100.000 millones de dólares anuales para promover cambios económicos que repercutan favorablemente en la preservación del medio ambiente. Esa cifra será revisada "al alza" en 2025.
El texto traduce los grandes cambios estructurales operados en los últimos veinticinco años en la economía mundial. Cuando se firmó la cumbre de Kyoto, la fuente principal de contaminación eran las economías más desarrolladas. Ahora, con el formidable proceso de industrialización de los países del mundo emergente, encabezados por China y la India, esa proporción ha sufrido modificaciones. En la actualidad, los cinco países más contaminantes son China, Estados Unidos, India, Indonesia y Japón: tres economías emergentes y dos altamente desarrolladas. Por lo tanto, la distribución de esfuerzos y responsabilidades también tuvo que cambiar.
G-2: Estados Unidos y China
En noviembre de 2014, el presidente estadounidense, Barack Obama, y su colega chino, Xi Jinping, suscribieron un acuerdo bilateral por el que China se comprometió a que sus niveles de emisión de bióxido de carbono (CO2) alcanzarán su nivel máximo en 2030, para después comenzar a reducirse progresivamente, mientras que Estados Unidos disminuirá sus emisiones entre un 26% y un 28% en relación a 2005, lo que supone el doble del recorte originariamente previsto para el período 2005-2020. Xi Jinping anunció que en 2030 el 20% de la energía producida en China provendrá de fuentes limpias y renovables.
Para avanzar en la implementación del acuerdo, se concertó un convenio directo entre once ciudades del gigante asiático, que en su conjunto suponen el 25% de la superficie urbana, y varios estados y ciudades estadounidenses, entre ellos California y Seattle.
Las ciudades chinas acordaron recortar en 1,2 gigatoneladas al año las emisiones de CO2 durante las próximas dos décadas. Beijing y Cantón asumieron el compromiso de acortar ese plazo hasta 2020. El volumen de la reducción de emisiones al que se comprometieron las ciudades chinas equivale al total de las emisiones de gases de efecto invernadero que emiten Japón o Brasil.
Este giro de Beijing obedece a una cuestión política. La contaminación ambiental se ha tornado en un motivo de intensa preocupación de la opinión pública. Las redes sociales están atiborradas de reclamos por ese motivo. El gobierno chino tomó el toro por las astas y encaró una drástica rectificación política. En las negociaciones de París, China, actuó como una virtual mediadora entre las potencias desarrollados y el bloque de los países emergentes más refractario al acuerdo, formado por los países petroleros (Rusia, Arabia Saudita y Venezuela, entre otros) y la India.
La bendición tecnológica
"El objetivo principal del acuerdo es lograr que el aumento de la temperatura global a fin del siglo XXI quede por debajo de los dos grados
Pero la razón de fondo que posibilitó que tanto Estados Unidos como China, que no habían adherido a los acuerdos de Kyoto, modificaran su actitud en la negociación internacional sobre la preservación del medio ambiente fueron los adelantos tecnológicos que posibilitaron el nacimiento de la Tercera Revolución Industrial y signaron la aparición de la economía del conocimiento, cuya expansión posibilita una constante reducción en el consumo de energía por unidad de producto, al tiempo que promueve el aprovechamiento de las energías no renovables.
En Estados Unidos, la llamada "nueva economía", basada en el empleo intensivo de las nuevas tecnologías de la información, es ya "la" economía. Las viejas industrias han sido sustituidas por industrias "limpias". En California, cuna de Silicon Valley, estado que suele modelar las tendencias de la sociedad norteamericana, el gobierno estadual se encarga de proveer gratuitamente de paneles solares a la población de menores recursos.
En China, el régimen de Beijing impulsa una reconversión integral de su modelo económico. Las fábricas intensivas en mano de obra, instaladas por las corporaciones multinacionales en las ciudades costeras a partir de la década del 80, son desmontadas y localizadas en países como Vietnam o Bangladesh. En su lugar, aparecen plantas de alta tecnología. China pretende liderar la fabricación de autos eléctricos y de paneles solares.
Por aquellas extrañas paradojas de la historia, el ecologismo como corriente cultural, nacida en la década del 60 con un espíritu contestatario que se rebelaba contra los excesos de la sociedad de consumo, encuentra hoy, inesperadamente, en la nueva revolución tecnológica un arma poderosa que sustituye al voluntarismo político en la batalla contra la contaminación ambiental. Porque los 100.000 millones de dólares anuales que el mundo desarrollado acordó imputar anualmente para este objetivo están destinados a promover las "industrias limpias".
El papa Francisco, en su encíclica Laudato Si'', hizo una dramática convocatoria a la Humanidad para la defensa de la Tierra, definida como "la casa común". Estados Unidos y China, con su previo esfuerzo coordinado, determinaron el éxito político de la cumbre de París. Aquel refrán de "a Dios rogando y con el mazo dando" adquiere más vigencia que nunca. El ruego lo aportó Francisco, el mazo lo pusieron Obama y Xi Jinping.
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