Miles de televisores encendidos, una cadena de imágenes estáticas de los candidatos; a la vuelta, un sin fin de periodistas, politólogos, semiólogos, especialistas de la gestualidad facial y ciudadanos preocupados por la economía real dieron el marco al primer debate presidencial de la vida argentina.
Este no fue la decisión del cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, histórico por la agenda que incluía qué hacer con España, tampoco fue el choque del canciller Dante Caputo del gobierno de Alfonsín con el senador peronista Vicente Saadi, moderados por Bernardo Neustadt, el 14 de noviembre 1984, discutiendo el sí o el no al acuerdo por el Beagle.
Hay que comprender que, como afirmó el desaparecido polítólogo Guillermo O'Donnell, "la Argentina, tiene para su democracia una larga historia de visión movimientista, mayoritaria, cesarista y delegativa". En ese devenir histórico, se inscribió el debate entre Daniel Scioli y Mauricio Macri.
O sea que es un punto de partida para que la democracia que se vino a quedar cambie de estilo. Tenga más luces y menos sombras, y que siga dando empoderamiento a los votantes que confían en ella.
Luego del debate se sabe qué falta en la calidad institucional. Habrá que incluir más el diálogo político, el pluralismo eficaz y el trabajo cooperativo de los espacios políticos en la edificación de la institucionalidad.
El debate agregó, seguramente, más información sobre temas cruciales directa e indirecta, para que el ciudadano se quede pensando lo que cada candidato busca para el país. Lo que se dijeron Scioli y Macri con tolerancia mostró que, hasta ahora, las elecciones que renuevan esta democracia son razonablemente competitivas.
Es el balance provisorio del debate que ya es parte de la cultura política argentina

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