Pastores de altura

Ricardo Alonso

Pastores de altura

Las montañas andinas conservan vivo todavía un testimonio que hunde profundamente sus raíces en el pasado. Se trata de los pastores de altura quienes sobreviven en algunas regiones remotas casi aislados por completo de cualquier signo de civilización. Son un relicto metafórico del hombre del neolítico.
Quedan muy pocos, pero suficientes, para mostrar aquello que inspiró al noble Eric von Rosen, conde sueco, cuando dio a luz su libro de memorias de viajes de 1901 y que se tituló (o titularon), "Un mundo que se va".
Los que pueden dar fe hoy de su existencia sea en el fondo de las nacientes de profundas quebradas o en alguna planicie descampada de las altas montañas son los andinistas. Muchas veces estos deportistas representan su único contacto con el mundo. Por su trabajo también los geólogos que estudian las cadenas montañosas, se los encuentran a veces en sus extensos recorridos.
Cabalgata científica en la puna
A mediados de la década de 1970 tuve la suerte y la oportunidad de participar de una expedición de la Universidad Nacional de Salta que tenía por objetivo buscar una vía de comunicación entre la Puna y el Valle Calchaquí. La misión consistía en unir Tacuil con el salar del Hombre Muerto y buscar una ruta de comunicación que pudiera eventualmente ser habilitada como camino de montaña. Para ello contábamos con el apoyo logístico de bodegueros de Tacuil por el Valle Calchaquí y de la vieja empresa Boroquímica SAMICAF por parte de la Puna. El viaje a lomo de mula estaba planeado para ser llevado a cabo en unos 12 días, ya que requería de numerosas paradas diarias para las distintas observaciones.
El grupo expedicionario estaba integrado por los doctores Ricardo H. Omarini y el geólogo Eduardo Carbajal, ambos fallecidos; el Dr. Miguel A. Galliski, el geólogo Alfredo Castillo, que luego haría en esa región su tesis doctoral, y por último Jorge Marcuzzi y el suscripto en carácter de estudiantes de geología y ayudantes. Pernoctamos en Tacuil donde nos aprovisionamos de animales de silla y de carga y conseguimos los indispensables baqueanos.
El Dr. Omarini, criado en su niñez y juventud en el campo, estaba al tanto del manejo de animales e imponía su energía para maniobrar la tropa.
Partimos al clarear y pronto nos vimos cruzando los primeros retazos de rocas cristalinas del basamento antiguo de Salta. Estas rocas se encontraban en casi todo el trayecto ya que forman el núcleo de las montañas que dividen el Valle Calchaquí y la Puna, donde constituyen además el divorcio de las aguas.
El resto estaba formado por las extensas coladas de lavas casi vítreas o ignimbríticas provenientes de la gigantesca caldera del cerro Galán en la Puna catamarqueña.
Estas rellenaban algunos valles y se distinguían por su aspecto de mesadas y colores rosados a blanquecinos. El sitio arqueológico llamado Fuerte de Tacuil está construido sobre esta roca, la misma que los peruanos de Arequipa llaman sillar.
El viaje se iba cumpliendo etapa por etapa y los únicos peligros se presentaban en algunos desfiladeros. Allí precipicios profundos y huellas estrechas, recostadas sobre la montaña, daban cuenta de las dificultades a que se veían sometidos los viajeros. Algunos esqueletos de mulares o caballos al fondo de los barrancos alertaban sobre pretéritos accidentes.
"El viaje se iba cumpliendo etapa por etapa y los únicos peligros se presentaban en algunos desfiladeros".
Descubrimos que una de las mulas cargueras era adicta a una planta tóxica del grupo de los garbancillos que crece muy lozana en las rocas volcánicas ricas en selenio y otros elementos químicos nocivos. Esto nos costó que ante el verde esmeralda de un campito de garbancillo se revolcara feliz rompiendo la mitad de la carga que transportaba. Entre otras cosas las galletas quedaron convertidas en harina. Luego de algunas jornadas llegamos a Cerro Blanco que responde a la naturaleza del topónimo por la cantidad de vetas de cuarzo y pegmatitas que se cruzan en todas direcciones. Entre otras mineralizaciones se encuentra allí el mayor yacimiento de sillimanita (silicato de aluminio) del país.
Amor en la montaña
Si bien la geología nos iba a sorprender, mucho más impacto recibiríamos al encontrarnos en aquel lugar con los asombrosos pastores de altura. En un pircado, sobre un alero de roca, vivía una pareja de ancianos de aspecto más que octogenario. El hombre era una viva representación del mítico Coquena de Juan Carlos Dávalos. Estaba vestido a la usanza antigua, con ropas tejidas con fibras de llamas o lana de ovejas. Unas rústicas sandalias de lonjas de cuero le servían de calzado. La mujer vestía igual y cuando llegamos al puesto tejía unas medias utilizando como agujas dos largas espinas de cardón.
Todo lo que tenían era rústico y de fabricación propia. Carne seca colgada al sol, unos quesos de tosca hechura y algunas vasijas de barro eran parte de los elementos de supervivencia. Generosamente nos invitaron a degustar sus quesos que comimos no sin cierta aprehensión. Contaban eso sí y como prodigio de la naturaleza con aguas puras y cristalinas nacidas de vertientes en las rocas.
El hombre llevaba al cuello una soga de lana que enseguida supimos se trataba de una honda de guato. Cuando le preguntamos nos dijo que la utilizaba para espantar los pumas o zorros que se aventuraban en busca de las ovejas y las llamas que estos pastores criaban. Y habló de los pumas con la humildad de quién espanta a hondazos a mansos gatitos. La vestimenta, los utensilios de cocina, la honda, los quesos y las agujas de cardón son las cosas que más nos quedaron grabadas de aquel encuentro con los pastores de montaña y del tiempo en que allí acampamos.
Así como la tremenda reflexión de ver que esa pareja muy anciana, unidos el uno con el otro en una profunda e inflexible monogamia, iban a llegar juntos a la misma meta ya que sería imposible la supervivencia de cualquiera de ellos en forma aislada.
Nos despedimos con la íntima alegría de haberlos conocido y la tristeza de pensar en el destino inexorable de aquellos ancianos cuasi centenarios. Luego de algunas jornadas y los bemoles propios de esos largos viajes divisamos finalmente la Puna con sus majestuosos volcanes y salares. El derrotero nos llevaría bordeando el salar de Diablillos hasta un ojo verde lagunar llamado Ciénaga Redonda. De allí en más los baqueanos regresarían directo por el camino que transitamos previamente y nuestro grupo sería trasladado hasta mina Tincalayu para gozar de un reparador descanso luego de casi dos semanas de travesías interandinas.
Los recuerdos permanecen imborrables en la memoria de los que todavía podemos contar y describir esta larga travesía y de aquellos que ya no están pero recordamos con humildad y respeto en esta nota de homenaje.

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