Si nos situáramos en la próspera y rica Argentina de principios del siglo pasado, nos resultaría increíble que aquella pujante Nación se convertiría en lo que es hoy, un país víctima de una corrupción crónica, con un tercio de sus habitantes bajo la línea de pobreza y con un panorama económico, político y social desolador.
En detrimento de lo que establece el relato populista, lo que nos hizo ricos, grandes y prósperos, fueron nuestras relaciones pacíficas, pragmáticas e inteligentes con el resto del mundo. Nuestro país se encargaba de producir y vender aquello para lo que tenía ventajas comparativas naturales y a su vez, adquiría del resto del mundo aquello que nuestros aliados podían producir con una menor dotación de recursos.
Argentina no tiene necesidad en absoluto de crear un nuevo sistema político o económico ni tampoco de innovar sobre uno ya existente, por el contrario, con solo analizar la causa-efecto por las cuales existen países que progresan, otros que se estancan y algunos otros que colapsan, será más que suficiente para tomar una decisión apropiada. Existen claros ejemplos a seguir de países que han progresado de manera espectacular en los últimos años y que han alcanzado niveles de vida sin precedentes: Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Chile, Singapur, Corea del Sur y Letonia, entre otros. Todos estos representan la clara materialización de lo que producen el libre mercado, la justicia independiente, una verdadera República, el respeto al derecho de propiedad y el espíritu emprendedor e innovador. Todos estos son factores comunes que nuestro país supo tener.
Albert Einstein recomendaba: "Si buscas resultados diferentes no hagas siempre lo mismo".
Si haciendo lo mismo durante los últimos 70 años hemos obtenido siempre los mismos resultados, ¿No será que ya es hora de cambiar de verdad?

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Sección Editorial

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