Quienes hemos tenido la experiencia de la desocupación alguna vez en la vida, sabemos lo que significa quedarse sin piso, no saber dónde estamos parados, y sin horizonte, no tener un rumbo claro a donde ir. Esa sensación de nada y vacío es crucial.
Crucial nos hace referencia a una cruz, a un cruce de caminos, a una crisis, una auténtica encrucijada. Y frente a la incertidumbre podemos tomar varias actitudes, la de volver atrás y no optar por ningún camino nuevo, la de quedarnos paralizados en el cruce de caminos, con una gran depresión, u optar por nuevos caminos, aventurar nuevas vías. Una encrucijada es un desafío y una oportunidad. Y lo primero que debemos hacer es desamarrarnos, quitarnos las cadenas de cualquier tipo de esclavitud que no nos permita mover. Nos paraliza el miedo, miedo al fracaso, miedo a lo nuevo. El miedo impuesto. Nos paraliza la ansiedad que provoca no tener todo lo que nos ofrece la sociedad de consumo, lo último o lo que consideramos mejor en todas las cosas que creemos poseer. La libertad que nos regaló Dios o la vida nos permitiría seguir caminando.
En nuestro país muchos compatriotas, hermanos argentinos están frente a una gran encrucijada, no querida o buscada, a veces, impuesta por las circunstancias económicas o políticas. Han perdido su empleo, se ha precarizado su situación laboral y social, han padecido conflictos personales o familiares por cuestiones de droga, alcohol, accidentes, mayor pobreza por el aumento del costo de vida, cambio de colegios privados a escuelas públicas por razones presupuestarias, y podríamos enumerar, así, miles de razones por la que entramos en crisis. El sinceramiento o crecimiento de una pobreza extrema e inexplicable en un país naturalmente rico. En una sociedad en crisis sin percibir el horizonte, la gente tiende a ponerse nerviosa y se torna violenta.
Es importante hacer un balance a nivel personal, familiar y como sociedad de las oportunidades que hemos tenido en nuestras manos, de cómo hemos llevado adelante la crisis propia y de la familia.
En este mes debemos hacer un alto, como un viaje al interior de nuestra mente y nuestro corazón, revolver nuestros recuerdos, los buenos y los malos. Mirar cómo hemos caminado en lo personal, profesional, laboral, familiar y social.
Y un breve balance social a nivel de país es el grave sinceramiento de las estadísticas de la pobreza, el avance descontrolado del narcotráfico, el crecimiento de la inseguridad y la falta de reactivación de la economía, tan esperada en el segundo semestre, sin olvidar los tarifazos e impuestazos que crearon una gran incertidumbre entre los votantes por el cambio. Y por encima de ese balance negativo debe estar nuestra esperanza activa, sabiendo que cualquier cambio no depende sólo del Estado o de los políticos, como decimos generalmente. Depende de cada uno de nosotros, de nuestra actitud frente a la vida. Como dice el papa Francisco, "las soluciones reales a las problemáticas actuales no van a salir de una, tres o mil conferencias: tienen que ser fruto de un discernimiento colectivo que madure en los territorios junto a los hermanos, un discernimiento que se convierte en acción transformadora". La clave de nuestro balance sea personal, familiar o social es la esperanza, insisto, esperanza activa, conciencia de que todo puede ser mejor si somos capaces de poner nuestra propia existencia y la de los demás, especialmente a los más pobres, al hombro sin esperar que nos llueva todo de arriba. A un mes y días de terminar 2016, tengamos el coraje de enfrentar nuestra propia historia.

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