Las últimas palabras del General Manuel Belgrano tienen una vigencia no esperada ni deseada; después de tantos años, cobran especial vigencia a raíz de las imprecisiones y los confusos mensajes referidos al emblemático plan para el desarrollo del norte argentino, que lleva su nombre.
El supuesto desvió de fondos previsto por decreto 979 de junio de 2016 para aplicarlo a otros destinos, muy lejos de nuestra región, los amagues de justificaciones o razones, las desmentidas poco convincentes, las acusaciones cruzadas y las tenues defensas muestran una realidad tangible y dolorosa.
En noviembre, poco después de las elecciones definitivas, hablando del Plan Belgrano, publicamos una nota titulada, "Desarrollo o postergación, los dos tonos del amarillo"; en ella advertíamos lo que presumíamos iba a pasar. Teniendo en cuenta el color que identificaba políticamente a Mauricio Macri y el vínculo entre el nuevo presidente con las provincias que lo llevaron al triunfo, lo comparábamos con la tonalidad del amarillo que llevó a nuestra provincia al freno productivo por todos, hoy, reconocido. Definimos al amarillo desarrollo, en la región central, y al amarillo postergación de Salta, dos tonalidades que se potenciarían en base al aporte al fisco que el desarrollo de aquellos hace en contrapartida a nuestra realidad, la de una posibilidad cercenada por el ordenamiento territorial.
Valoramos al Plan Belgrano como una herramienta a la que el "destinatario", debe dar utilidad. Afirmamos que no hay que esperar sino enfrentar, con propuestas, ideas creativas y acordes a la realidad de los objetivos que el nuevo gobierno propone, aun estando en desacuerdo con éste. La realidad actual marca un error de interpretación local y otro en la génesis en el propio plan.
En cuanto al primer error, nuestras autoridades expresaron la esperanza de encontrar en el Plan Belgrano la competitividad perdida. Sin propuesta alguna, nos quedamos a la espera. La presentación oficial que se hizo desde el Consejo Económico y Social y, luego, los responsables del plan, profundizaron las dudas y diferencias. Ese día circuló una publicación con más declamación que materialización. Hoy por hoy no pasa nada en concreto; tenemos una alta cuota de responsabilidad en ello. Es tiempo de reaccionar.
El otro error es de origen nacional, lo generó el actual oficialismo y no nos corresponde asumir la responsabilidad, pero si marcar y hasta proponer algunas iniciativas en la búsqueda de aquella competitividad perdida. Cambiaron el rumbo varias veces: ¿Por qué no una vez más, si lo que sugerimos vale y contribuye?
Casi como una reparación histórica, el norte del país representado en diez provincias iba a tener una oportunidad. Un fondo específico -esperemos aún exista- y el objetivo de superación marcado en diferentes metas, todas para la vasta región como unidad territorial.
El error de génesis, o sea, el pecado de origen, fue designar representantes provinciales; la propia competencia entre ellos hace ineficaz el funcionamiento. Se compite -en acciones aunque no en palabras- entre provincias llenas de asimetrías y se pretende igualdad donde lo que debe abundar es la ecuanimidad.
Repartiendo a todos lo mismo no se es justo, al menos en este caso. Y el desarrollo no es reparto, sino crecimiento solidario. La gente reclama a sus gobernantes que al vecino le dan más y, por supuesto, se enojan. Actúan en consecuencia y comienzan a surgir planes locales, sectoriales, interesados, que separan la región, descuartizan el plan y aniquilan la organicidad planteada en la idea original.
Lo superador sería -aquí la propuesta- designar un representante por eje temático. Alguien que con antecedentes y experiencia enfrente para toda la región norte, como unidad territorial, lo atinente a infraestructura productiva, comunicaciones, comercio, desarrollo social, saneamiento, salud, educación, agricultura y ganadería, industria, minería, transporte y así, en cada eje temático, coordinados por el responsable constituido.
La historia y tradición agrícola - ganadera de nuestro país como motor activo de la economía ya se tradujeron en anuncios. El campo inyectará US$58 mil millones en este año calendario. De esa cifra 39% corresponden a ganadería, 36% a agricultura, el resto a comercio de agroquímicos, maquinarias, implementos agrícolas, etc. La superficie cultivada agregará 2,5 millones de hectáreas y el resultado significará 5 millones de fletes en camión. Solo la soja aportará al fisco más de US$7 mil millones y va a crear, en los próximos 5 años, 1,3 millones de nuevos puestos de trabajo directos e indirectos dentro de la cadena de valor agroalimentaria, que a su vez crecerá un 50% en su producto final.
Demostrado está que el 80% de lo que genera esta reactivación se gasta en los pueblos donde se produce dinamizando las economías lugareñas. Por obvio que resulte debemos entender que la inmensa mayoría de esta inversión será para la región del "amarillo desarrollo". Es decir, la región central.
En nuestro caso, empantanados en el "amarillo postergación", seguimos esperando definiciones de peso, desperdiciando oportunidades y tiempo, sin defender nuestra envidiable potencialidad productiva. Se podrá subir, tal vez un escalón más que el mero crecimiento vegetativo, pero no será desarrollo. Se podrá generar trabajo, pero no generar empleo. Se podrá asistir, pero nunca incluir. Se podrá gastar en lugar de invertir.
La generación de riqueza será posible, solo si está presente la decisión política adecuada.

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Sección Editorial

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