Después de una larga ausencia de medidas oficiales de pobreza, finalmente el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) dio a conocer las cifras: 32,2% de pobres y 6,3% de indigentes.
Pero, ¿qué hay detrás de estos porcentajes?
En primer lugar, recordemos que un hogar es considerado pobre si los ingresos de la familia no son suficientes para cubrir un conjunto de bienes alimentarios y no alimentarios esenciales; vestimenta, transporte, educación, salud (o la canasta básica total -CBT-), y se dice que un hogar es indigente (o extremadamente pobre) cuando con sus ingresos no puede comprar un conjunto de alimentos (o de la canasta básica alimentaria -CBA-).
Según el Indec, actualmente cerca de 9 millones de personas no cuentan con un ingreso suficiente para cubrir sus necesidades amplias (CBT), de las cuales casi 2 millones no cubren ni siquiera sus necesidades alimentarias (CBA).
No quisiera convertirme en pájaro de mal agero, pero la situación es todavía más alarmante. Las estimaciones del Indec surgen de datos recolectados con la Encuesta Permanente de Hogares, que tiene una cobertura de aproximadamente el 70% de la población argentina. Es decir, que del 30% restante no se sabe nada hasta tanto no se efectúe el próximo Censo Nacional. Aun así, el Censo no incorpora preguntas sobre el ingreso de las personas, por lo tanto tampoco en ese momento podremos saber nada sobre la pobreza por ingresos de esa población que permanecerá oculta, y que se supone está en igual o peor situación que la población de la que sí se tienen datos. Lo que pretendo decir con esto es que los pobres e indigentes en la Argentina, son todavía más.
En segundo lugar, no sabemos si estamos mejor, peor o igual que antes. Dada la emergencia estadística declarada por las autoridades actuales del Indec, no es posible realizar comparaciones confiables con años del período que va desde el segundo trimestre de 2007 hasta el cuarto de 2015, ya que el Indec no garantiza la fiabilidad de las estadísticas publicadas durante ese período. Aunque este organismo no descalifica las cifras anteriores, tampoco se puede comparar el 32,2% de pobreza en 2016 contra el 31,4% de 2006, ya que las últimas estimaciones se basaron en una nueva CBA que imposibilita la correcta comparación directa.
Más allá de las peculiaridades de la cifra difundida, es muy saludable para nuestra sociedad poner fin al desfile de cifras de diferentes fuentes, desde las generadas con gran profesionalismo hasta aquellas aproximadas a ojo de buen cubero. Los números oficiales son un diagnóstico previo al tratamiento, y son comparables con el diagnóstico que un médico con experiencia hace al observar a su paciente con cierta distancia, antes de solicitar los análisis de sangre y orina. Pero para abordar el problema de la pobreza necesitamos todavía más información que estos porcentajes, entre otras cosas: ¿dónde viven las personas pobres? ¿y las indigentes? Quizá concentradas en ciertas provincias, o repartidas por todo el país.
Hoy contamos con un punto de referencia muy valioso que nos permitirá monitorear el funcionamiento de las políticas antipobreza, y mejor vamos olvidándonos de la promesa de "pobreza cero", que más que una meta no fue más que recurso propio del marketing políti co.

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