A veces los errores conceptuales y las impericias de un equipo pasan desapercibidas o son disimuladas por resultados favorables. Pero, en otras, como en el clásico de ayer, se potencian, se magnifican, se desnudan y su impacto es mayor. Esto es lo que sucedió con Gimnasia en el Martearena, en la catastrófica goleada en contra que le propinó su clásico rival. El fuerte traumatismo de los cuatro goles y su honda expansiva agrandan errores que no se trataron de “una mala tarde”, sino de una tendencia que comienza a ser visible. Porque Gimnasia también defendió mal contra Zapla y Aconquija. Cada gol antoniano tuvo su correspondiente yerro: Giannunzio le sirvió en bandeja el primer tanto al Ratón, todos se durmieron en el tercero al dejar anticipar a Ramadán en el primer palo y Labaké le regaló el cuarto a Balvorín con una cesión involuntaria al “9”. Pese a ello, Federico Rodríguez y el debutante Álvaro Cazula mostraron algo de decoro en medio de tanta confusión colectiva.

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