La dramática situación económica y social que vive Venezuela es una nueva muestra de la destrucción que causan los populismos en los sistemas económicos, incluso en aquellas naciones colmadas de recursos naturales. Las leyes económicas son más fuertes que las decisiones políticas, y las pretensiones de controlar la economía y las leyes siempre fracasan, creándose un círculo vicioso que empobrece aún más a los sectores a los que supuestamente se quieren ayudar o proteger. En los últimos años, parecía que Latinoamérica había abandonado la crónica inflación que padeció el siglo pasado. Sin embargo, Venezuela y Argentina han vuelto a altos niveles de inflación, además de la devaluación de sus propias monedas. En Argentina la diferencia entre el tipo de cambio oficial y paralelo llegó a ser de 2 a 1 y en Venezuela, de 10 a 1. Paradójicamente, ambas naciones tuvieron ingresos extraordinarios fruto del incremento de los elevados precios internacionales que se experimenta desde 2005. Pese al masivo ingreso de dólares, estos países han convertido en delito el cambio paralelo y se persigue a los ciudadanos que buscan comprar dólares para proteger sus ingresos de la pérdida de valor que les produce la combinación inflación/ devaluación.
Cuando las empresas no consiguen dólares para importar sus insumos y sus exportaciones les son pagadas al tipo de cambio oficial, lo que no les permite después adquirir los insumos que necesitan para seguir produciendo; disminuye, por eso las fuentes de empleos que podrían recortarse.
En estas condiciones, tampoco habrá nuevas inversiones, con lo que los problemas solo empeorarán. Al final, siempre fracasan. La inflación y la devaluación se combinan con escasez, generando un deterioro generalizado en el nivel de vida de la ciudadanía que en algún momento provoca el cambio político.

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