Golpes, empujones, agresiones a los bienes de los compañeros, robos y llegar a insultar incluso a su maestra. Estos son algunos de los comportamientos de algunos pequeños en la escuela. Pero, ¿por qué los chicos llegan a ese extremo? ¿Son acaso conductas aprendidas? ¿Es falta de límites? ¿Qué hacer?, se suelen preguntar padres y docentes en este escenario, cada día más común en aulas salteñas.
En diálogo con El Tribuno, la psicopedagoga Fernanda Antonietti explicó algunas de las razones por las que los niños tienen este tipo de comportamiento.
"En los últimos años nuestra sociedad y las familias, en particular, han sufrido cambios significativos en cuanto a su estructura y valores tradicionales. Esto afecta directamente a niños y adolescentes. Los factores internos y externos, como condiciones ambientales, nivel socio-
económico, el entorno social y nivel cultural dan como resultado diferentes conductas", aseguró la especialista.
La psicopedagoga aseguró que uno de los factores que más influye es la falta de disponibilidad de tiempo por parte de los padres. "Las extensas jornadas laborales repercuten negativamente en la relación con los hijos. El escaso tiempo dedicado a ellos determina la aparición de conductas no adecuadas, desobediencias e incluso actitudes somáticas", destacó la psicopedagoga.
En el desarrollo de la primera etapa del niño en la escuela, entre los 3 a 12 años, es probable que se detecten malas conductas. "Se puede tratar de estrategias para llamar la atención de profesores y compañeros. Molestar, interrumpir en clases, relacionarse con sus pares por medio de agresiones, golpes, apropiarse o tomar objetos que no son propios, u otras malas conductas pueden ser el reflejo de su comportamiento en el ámbito familiar", alertó.
Fuera de que estos comportamientos pueden ser aprendidos en la casa, muchos chicos saben que esta puede ser una "buena estrategia" para llamar la atención de los padres.
"Frecuentemente, los padres dedican más atención a las conductas inadecuadas y rápidamente el niño advierte que ese comportamiento atrae la atención de los adultos, aunque sea para recibir un reto, desarrollando malas conductas con el fin de sentirse mirados", explicó la profesional, sin dudar en agregar que cada niño es diferente y sus necesidades de atención por parte de sus padres pueden variar de unos a otros.
"Cuando detectamos conductas problemáticas es un síntoma inequívoco para interpretar las demandas afectivas que reclama el niño y no satisfacemos. El niño debe sentirse amado y aceptado, esto facilitara la comprensión de reglas de comportamiento y opiniones o creencias que sus padres consideran que deben ser cumplidas", aseguró la especialista.
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Fernanda Antonietti destacó que es de vital importancia consultar a un profesional cuando las conductas inadecuadas son de mayor frecuencia o magnitud de lo esperado para su edad. Una intervención temprana dará mejores resultados, haciendo hincapié en el tiempo, el buen vínculo afectivo establecido con los padres. "Esto pasa por dedicar el mayor tiempo posible juntos desde edad temprana. El juego es un elemento esencial", destacó.
En cuanto a las estrategias que pueden utilizar los docentes, se destacan el armado de un calendario u horarios de actividades, para establecer una rutina para que los niños se mantengan ocupados y evitando las conductas inapropiadas.
Además de preparar actividades en las que el juego sea el factor principal, se debe incentivar el compañerismo mediante la asistencia del que termina las tareas primero en ayuda de sus compañeros y mantener la observación constante.
Fortalecer la convivencia basada en el respeto y la valoración de los niños -premiarlos cuando se comporten apropiadamente y "cobrarles" cuando se comporten inapropiadamente- es una buena medida como así también concientizar sobre las consecuencias de malos comportamientos.
Ser coherente en la imposición de las reglas, no avergonzar al niño frente a sus compañeros cuando tenga una mala conducta.
Además, es importante establecer reglas claras desde el comienzo del curso formulándola de forma positiva diciendo lo que se debe hacer, manteniendo la comunicación fluida con los padres, ya que los cambios serán más rápidos y duraderos trabajando en equipo. Si si es posible, llamarlos también cuando el niño tenga buenas conductas con el propósito de potenciarlas.

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