Así dejó para siempre el aula Evelia Murillo el viernes 3 de octubre de 2014. De la negrura del pizarrón saltaban en blanco las tareas de matemática para su curso plurigrado, por eso estaba divido en dos o en tres. Como su corazón que se partía cada vez que dejaba a su hija en Salta, por pura filantropía, para hacer que las ciencias, los números y las letras sean posibles en áreas desfavorables de la provincia. La muerte más vil la asaltó en El Bobadal, departamento San Martín, pero su historia de maestra rural no empezó ahí. La recuerdo en noviembre de 2012 cuando después de transitar acalorados 700 kilómetros, esta maestra llegó de visita a la Redacción de El Tribuno con 31 chicos de tres escuelas de Santa Victoria Este. Evelia era la directora de la escuela 4179 del paraje Magdalena. De la realidad que vivía, contó: "En el paraje Magdalena son todos criollos. Ahí no hay agua. La escuela cuenta con tanques y toda la comunidad se surte de la escuela a través de mangueras que se entierran precariamente para que los vecinos accedan al agua en picos públicos". En esa zona persiste una fuerte disputa por las tierras fiscales entre criollos y wichis, lo que no les permite mejorar el sistema de cultivos, perjudicando la alimentación de los habitantes. Por eso Evelia expresó ese día: "Nada es más importante que el comedor de la escuela. Es la única fuente de alimentación para sus hijos durante el año". Delgada, joven, maternal y atenta a las preguntas entredientes de sus tímidos alumnos que pisaban por primera vez la ciudad, así la recuerdo.
Pronto le llegó el traslado al departamento San Martín, a la escuela albergue 4161 del paraje El Bobadal, a unos 70 kilómetros de Tartagal, donde el 3 de octubre de 2014 encontró el final como una mártir. Tal vez nunca imaginó que su noble vocación de maestra rural la llevaría a perder la vida en tan infames manos y en absoluta soledad. Su historia tuvo un final trágico, pero no es distinta de la historia de cientos de hombres y mujeres que "siembran abecedarios donde mismo se siembran los trigales". Su vocación y sus necesidades la llevaron a enseñar en una alejada misión wichi, igual que la vocación de la maestra de Tacuil; de la directora de la escuela de El Pescadito; de la de Pampa Llana; de la que enseña al otro lado del río Carabajal; y la de todos los docentes, que está comprobado, arriesgan su vida en áreas desoladas del territorio provincial. Ellos resignan el bienestar de la proximidad con los afectos y viajan lejos movidos por un impulso inevitable, a vivir días que pocos resistirían, a hacer de madres, padres y educadores de los hijos de otros. Evelia fue fiel a su misión. Se enfrentó a la demencial osadía de un perverso que amenazó la integridad de los niños de su escuela. Ella "hizo del corazón y la cabeza, para la turpitud, sagrados muros. Porque juzgó que los que nacen puros, tienen su protección en la pureza" (Almafuerte).
Su asesino, José Tomás "Maco" Cortez, fue condenado en abril pasado a la pena de reclusión perpetua por considerarlo autor material y penalmente responsable del delito de homicidio calificado por violencia de género, femicidio en concurso real por amenaza con arma de fuego en grado de autor en contra de Evelia Murillo. Pero la maestra, la mamá, la hija, la hermana, la amiga, nunca volverán. Sofía Eliana Murillo, querellante en la causa por el homicidio de su madre, expresó el día de la condena: "Solo queremos justicia; no tengo odios ni ansias de venganza. En mi corazón solo queda el tierno recuerdo de mi madre".
La muerte de Evelia fue una tragedia para la docencia y para la sociedad salteña. Un hito que puso sobrerrelieve el abandono y la reinante creencia de que no existe lo que no se ve.
Si se lograra nunca olvidar, es probable que haya un antes y un después de esta vida truncada injustamente por la falta de lo que a Evelia le sobraba: educación. Es probable que se pusiera el acento en la formación de las personas y se redireccionaran los esfuerzos para construir un futuro más humano y más decente. Pero solo si se lograra nunca olvidar.

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