Los caminos de la vida nunca los iban a juntar porque Carlos Eduardo Robledo Puch y Cristian Martínez Poch provienen de generaciones distintas. El primero causó terror a comienzos de la década del 70, cuando con apenas 20 años consumó el espeluznante récord de once muertes en un año. Al ser detenido en 1972, sorprendió al país con su cara de niño y su falta total de arrepentimiento. Hoy, cumple condena a reclusión perpetua por tiempo indeterminado en el pabellón de homosexuales del temible penal de Sierra Chica. Más reciente en el tiempo, Martínez Poch sorprendió por su gesto desafiante, cuando fue condenado a 37 años en los Tribunales de la Plata, acusado de haber violado, maltratado y encerrado a sus hijas; además de haber sometido a su expareja a increíbles y aberrantes prácticas sexuales. Los detalles de manera reveladora y elocuente conmovieron a quienes seguían el juicio. A pesar de ello, ni se inmutó. Robledo Puch, amante de los autos, escondía su perfil asesino en su exuberante cabellera rizada. En su época fue llamado el "ángel negro", el "ángel de la muerte", "el muñeco maldito" o también "el chacal", pero lo más significativo consistía, en su rápida transformación cuando pasaba de un tímido adolescente a un asesino frío y despiadado. Sus crímenes lo revelan, solo mataba por el placer que le significaba hacerlo.
El historial de Martínez Poch no es tan diferente. A juzgar por sus antecedentes podría ser el "diablo" en persona, intentando resumir su breve y escalofriante periplo delictivo. Era un DJ, pero la música que prefería eran los gritos desgarradores de sus víctimas, cuando las torturaba.
Ambos provienen de familias de clase media, habitantes comunes de los clásicos y tradicionales barrios porteños. Les gustaba la noche y allí aparecían sus verdaderos instintos. Eran sádicos, fríos y despiadados. El escritor Osvaldo Aguirre sostuvo que Robledo Puch permanece en la memoria colectiva no solo por la desmesura de sus crímenes, sino porque jamás se arrepintió ni pidió perdón. Por el contrario, reivindicó sus actos. Algo similar ocurre con la figura de Martínez Poch y esa fotografía ofreciendo un gesto obsceno a los que celebraban el fallo ejemplar, de una justicia más ejemplar todavía condenando al mayor sádico sexual de la última década. Puch pide por todos los medios que lo liberen, porque sabe lo que ocurre en la prisión. Poch inicia un camino sin retorno, allí donde la oscuridad es habitada por fantasmas y pesadillas, las mismas que un día él despertó.

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