El Centenario de la Revolución, en mayo de 1910, tuvo invitados notables, ceremonias, desfiles, congresos, banquetes y funciones de gala. Pero no todo fue alegría: se podía apreciar un fuerte descontento representado por protestas sociales, amenazas de huelga general y planteamientos violentos de sectores sindicales anarquistas y socialistas. Esos conflictos fueron neutralizados con el uso de la presión policial y el Estado de Sitio.
La Argentina, que se perfilaba como una potencia semejante a Estados Unidos, mostraba dos caras distintas: la opulencia de una clase terrateniente y dominante, por un lado, y la tensión social por un pueblo empobrecido, por el otro.
La conmemoración por el Centenario de la Independencia en 1916 se desarrolló en un clima peor todavía, en una república conservadora dirigida por la generación del 80.
Esa elite, poderosa e ilustrada, fue conservadora en lo político y partidaria del liberalismo en lo económico. Impuso un modelo agroexportador fuertemente ligado al mercado inglés; promovió la inmigración; rescató la idea de progreso e impulsó la laicización del Estado.
En el período 1880-1914, la ciudad de Buenos Aires registró una alta tasa de urbanización debido a la llegada de grandes contingentes de inmigrantes europeos. La metrópoli se expandió físicamente, se formaron los barrios de la ciudad y la imagen de la llamada 'París de Sudamérica' cambió radicalmente.
En varias oportunidades se prohibió la entrada de mujeres inmigrantes al país, por lo que creció la población masculina y se creó un fuerte desequilibrio. Se cometieron muchos errores como este, pero en definitiva la integración resultó vencedora.
La Argentina, considerada el 'granero del mundo', se convirtió en un foco de atracción para los ciudadanos europeos. Para 1916 ya se contabilizaba casi un millón y medio de inmigrantes. La Constitución Nacional de 1853 había promovido este proceso para, entre otras cuestiones, poblar el campo. De los 6.5000.000 europeos que ingresaron al país entre 1857 y 1941, regresaron 3.100.000 y se afincaron 3.500.000.
Pero, paradójicamente, no todos se pudieron dedicar a la actividad agrícola-ganadera, ya que no era fácil acceder a la posesión de la tierra. El acceso a la propiedad estaba cerrado y la tierra se repartía en grandes latifundios. Los inmigrantes solo podían transformarse en arrendatarios, empleados o peones. En consecuencia, la distribución extranjera se concentró sobre todo en las provincias de la región pampeana, en algunas del litoral y Cuyo y en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. En esta ciudad, las demandas de la construcción de las obras públicas y de infraestructura requerían de mano obra a gran escala y los inmigrantes se encargaron de satisfacer esta necesidad. También, la industria alimenticia, textil y frigorífica constituyeron un importante mercado de trabajo para los extranjeros.
Para dar una idea del proceso, se estima que Buenos Aires recibió un tercio del total de la inmigración europea que arribó a la Argentina. Esta situación determinó el cosmopolitismo y el rápido crecimiento de la Capital.
Pero la mayoría de los inmigrantes que ingresaban al país eran excluidos del sistema económico europeo y la mayoría de las veces venían con lo puesto. Millones de pobres engrosaron los conventillos y barrios miserables de Buenos Aires; encontrar trabajo no era nada fácil y la tensión social fue capitalizada por anarquistas y socialistas.
Esta era la Argentina del Centenario -nada fácil - pero con un concepto que se diferencia a nuestros tiempos. Estaba la esperanza en el futuro. No había un sólo argentino que no creyera en un futuro glorioso por venir.
Hoy tenemos tantos problemas como en ese entonces, pero lamentablemente no contamos con la confianza de aquellos argentinos. Es nuestro deber primero saber por qué la perdimos y segundo recuperarla.
La reivindicación de la historia del Gral. Güemes es, sin dudas, un paso importante para reconquistar nuestra memoria nacional. Un punto de partida para una nueva esperanza.
Han pasado 6 años desde el bicentenario de 1810-2010. Muchos planteamos la necesidad de abordar un bicentenario más reflexivo que festivo, ya que era necesario poner un punto de inflexión, un antes y un después para refundar la nación. Creíamos en una oportunidad inmejorable para abordar nuestros problemas, buscar una comprensión y planificar en conjunto las estrategias necesarias para solucionarlos.
A pesar de los esfuerzos de algunos sectores de la sociedad para encaminar el bicentenario en ese sentido, los seis años pasaron sin pena ni gloria, siendo luego toda la atención nacional fagocitada por las pugnas políticas que se centraron en las elecciones del 2015.
Existe en nuestro mundo una corriente que impone la globalización y la sociedad de mercado moderna. Con ello avanza una cultura que promueve un menosprecio de los valores que salvaguardan el bien común y la libertad colectiva, en favor de un individualismo sordo al sufrimiento social. La ética se ha convertido en un recurso abstracto y teórico más que una experiencia primordial de la vida humana.
Mientras los políticos se destripan y se estirpan los secretos de su propia corrupción, y al mismo tiempo se afanan por ver qué pueden sacar en beneficio, muchos males siguen vigentes. Por ello es necesario seguir debatiendo sobre esta cara oculta de la sociedad postmoderna, donde reinan la indiferencia de masa, autonomía privada, innovación superficial y el futuro no se considera o asimila. Esta sociedad quiere vivir aquí y ahora. El consumo se extiende hasta la propia existencia a través de la propagación del sufrimiento.
La cultura postmoderna amplía el individualismo y predomina en esta era el valor del derecho de realizarse por encima de los demás.
Creemos fervientemente que es necesario trabajar en una cultura social que promueva valores colectivos de entendimiento, respeto y cooperación, desde donde nace el conocimiento y la base de un concepto moderno del trabajo y de la producción. Debemos orientar este sublime esfuerzo hacia los jóvenes, verdaderos herederos del vacío que estamos dejando.

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