Que "el campo" fue considerado como el enemigo del Gobierno por casi una década no es ninguna novedad, y que el discurso del nuevo gobierno intenta ponerse exactamente en el extremo opuesto también es sabido. Sin embargo, esto no queda tan claro a la hora de transformar el "relato" en políticas concretas para alcanzar el fin declarado.
"Productividad" y "eficiencia" forman parte de los pilares aparentemente pretendidos.
Si bien los recursos públicos son escasos tras más de una década de desaprovechamiento, y forzosamente se deben priorizar las asignaciones, también es cierto que al sector agroindustrial se le impidió capitalizar, aunque sea parcialmente, la extraordinaria situación internacional de casi una década, en materia de precios de granos, carne, y leche (como si lo hicieron los países vecinos y los competidores), por lo que hoy en muchos rubros está descapitalizado, y hasta "hipotecado", como ocurre en materia de nutrientes, atraso en el parque de maquinarias, o en infraestructura, etc.
Es que ni las altas cargas laborales, ni las tasas de interés del capital (que, aunque parezca de Perogrullo, hace falta para producir), ni los costos de insumos como el combustible, ni los servicios están bajando, ni se prevé que lo hagan. Por el contrario, aumentaron y hasta donde se sabe, lo seguirán haciendo.
Igual que en la famosa película de Isabel Sarli, cuando la protagonista pregunta lo obvio, ante un señor que se le acercaba amenazante: "¿Qué pretende usted de mí?", también el sector agroindustrial se está planteando lo mismo ante las diferencias oficiales entre "el dicho y el hecho". ¿No sería mejor entonces informar sobre que política se va a seguir "realmente", evitando crear falsas expectativas, y que cada uno haga la apuesta que crea más conveniente, y tome sus recaudos?

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