La conmemoración de la crisis de 2001, con su secuela de 35 muertos, coincidió con la intensa pulseada por el impuesto a las ganancias. Quince años después, como en Il Gattopardo, "cambiaron algunas cosas para que no cambiara nada".
La retórica de la "década ganada" dejó un saldo de 32% de pobreza. También, decenas de muertos en saqueos y ocupaciones de tierras.
En las últimas cuatro décadas el proletario clásico de la revolución industrial pasó a la clase media. El nuevo proletariado son los desempleados, que sobreviven con un empleo degradado o con la limosna del Estado. En Salta el desempleo es un agujero negro. Una estadística del Ministerio de Trabajo de la Nación da cuenta de 123 mil empleados registrados en la actividad privada con una remuneración media de $14.839. Es solo un indicador ya que en 2010, con una población de 1.214.000 personas (hoy se proyectan cerca de 1.400.000), el censo arrojaba una población activa de 515.000 personas, con 40.000 desocupadas. Más de 100.000 eran empleados del Estado y el doble, del sector privado. Quedaban unas 200 mil personas cuya situación laboral estaba y está aún en una nebulosa.
Salta parece haber olvidado que sin inversión no hay empleo, y sin producción no hay salario ni equidad. Un anticapitalismo del pasado hostiga a las empresas rurales, azucareras o mineras que generan empleo genuino.
El desempleo en Salta se explica, básicamente, por la falta de una estrategia para el desarrollo. Pero la realidad es elocuente: las actividades que sobreviven generan trabajo genuino: el campo y la madera, con salarios promedio de $9.000 pesos; la minería, $38.000; industria alimentaria, $22.000, e hidrocarburífera, $52.000. La gente, sin duda, desea más inversión y menos retórica.

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