*

¿Quién lidera la salida de la recesión?
¿Hay que apostar al consumo o la inversión? Existe una especie de consenso en que, para salir de la recesión, es necesario fortalecer el consumo. La hipótesis se fundamenta en que, por ejemplo, para la economía mundial -tomando en consideración una muestra de 42 países a lo largo de 30 años- la participación del consumo en el PBI es de aproximadamente el 65%, en tanto para la Argentina -conforme datos para los dos siglos de economía argentina- esa participación asciende al 76%. Sin embargo, el Gobierno y muchos sectores de opinión sostienen que una estrategia de crecimiento basada en el consumo solamente tiene patas cortas, por lo que el énfasis debería ponerse en la inversión -más allá de que otros sectores de la economía, como la exportación también deberían jugar un papel dinámico- punto de vista que no tendría la misma fortaleza que la hipótesis del consumo porque para la Argentina la incidencia de la inversión en el PBI no llega al 20% y para la economía mundial es apenas un poco mayor: 21%.

El consumo y la inflación

Si la pulseada entre el consumo y la inversión la ganara el primero -como en general ocurrió en la Argentina- la "estrategia" entonces sería procurar elevar el poder de compra de las personas, a la vez que se busca la incorporación de nuevos consumidores, por ejemplo engrosando las plantillas de personal o a través de planes y otros similares como ha sido tradición especialmente en las provincias.
El problema con este diseño de política, sin embargo, es que el engrosamiento del personal y/o las subas de salarios generan un aumento circunstancial en el poder de compra, pero éste se vuelca sobre la misma cantidad de bienes y servicios de consumo producidos. Aunque en alguna medida este mayor poder de compra induzca eventualmente a las empresas a producir más, una parte, al menos se traducirá en mayores precios. Esto lo advirtió Keynes, quien, durante la Segunda Guerra propuso un impuesto provisorio al total de salarios -un ahorro forzoso- a ser devuelto luego de finalizada la guerra, para impedir precisamente que los trabajadores que se sumaban a la producción bélica impulsaran la inflación al sumarse al resto de los trabajadores que compraban la misma y constante cantidad de bienes y servicios de consumo.

Una estrategia diferente

Una alternativa diferente, apoyada no obstante también en el consumo, es inducir un aumento en su producción, alentando al mismo tiempo la ocupación en ese proceso productivo de quienes no tienen empleo, considerando, como la evidencia lo verifica, que una parte muy importante de los desocupados no posee alta calificación pero al mismo tiempo, tampoco una porción apreciable de los bienes y servicios de consumo requieren de una complejidad especial para su producción. Este mecanismo, claramente supone un enfoque por completo diferente al de crear poder de compra que no tiene equivalente en los bienes físicos de consumo, ya que en la propuesta que aquí se efectúa se crean ipso facto la producción y los ingresos de quienes van adquirir los bienes y servicios producidos, porque, a escala macroeconómica, las mismas personas que se emplean en la producción serán los consumidores de los bienes y servicios elaborados, toda vez que los desocupados tienen como prioridad la satisfacción de sus necesidades de consumo.

Dos palabras que te abrirán las puertas

Un viejo chiste dice que hay dos palabras que permiten que se abran todas las puertas: "tirar y empujar". Sin embargo, en Economía no hay, o no hay siempre, reciprocidad entre "tirar" y "empujar", ya que, en tanto la demanda "tira" de la economía, en el sentido de que si las empresas observan que se vende más de sus productos y en tanto exista una razonable competencia entre ellas, producirán más, en cambio no es cierto que si las empresas "empujan", esto es, producen unilateralmente más bienes y servicios, los mismos tendrán necesariamente la demanda requerida, del mismo modo que el cochecito que tira un niño mediante el hilo no retrocede porque éste lo "empuje". La idea de que "empujar y tirar" es lo mismo constituye un concepto muy arraigado entre los economistas ortodoxos y se llama "Ley de Say", por el economista que acuñó el concepto. Por su parte, Keynes rechazó esta pretendida "ley", por cuanto no necesariamente el acto de producir entraña una demanda por el producto elaborado, más allá de que la producción cree poder de compra entre los que aportan los recursos necesarios para conformarlo, ya que los propietarios de los recursos utilizados y remunerados no tienen porqué adquirir esos bienes. Por ejemplo, alguien puede escribir un libro y gastar su intelecto en hacerlo, en el papel, la tinta y el trabajo de imprimir ese libro. Sin embargo quienes reciben esos ingresos -el que vende el papel, la tinta, etc.- no necesariamente comprarán el libro, ­especialmente si es de Economía!... Conforme lo anterior, si no se cumple la Ley de Say, ¿qué garantías habrá de que la producción adicional de consumo tendrá demanda? La respuesta es que, en algunos casos, la actividad económica asociada al consumo -por ejemplo, la producción de ciertos bienes y servicios, tal el caso de la venta minorista en ciertos rubros o la elaboración de ciertos fármacos- está muy concentrada y la mayor producción, por competencia, bajará los precios y asegurará las ventas. Por otra parte, y como ya se destacó, existe una demanda insatisfecha, por parte precisamente de quienes están hoy desempleados y subocupados, y en la medida en que esas personas se empleen en la mayor producción de consumo, la demanda estará también asegurada por sus propias compras.

¿Y qué hay de la inversión?

Conforme lo expuesto, parecería que se rechaza entonces la idea de que la inversión es importante para la expansión de la economía, siendo que nuevamente Keynes destacaba el papel expansivo de la inversión -el famoso efecto multiplicador- En realidad, no hay ninguna incompatibilidad entre el consumo y la inversión, porque, del mismo modo que la expansión del primero incrementa la demanda de trabajo, al mismo tiempo eleva la demanda de nuevos bienes de capital, o sea, la inversión, puesto que las nuevas fábricas de consumo requieren, además de trabajadores, del equipamiento necesario. Por lo tanto, la hipótesis que se propone no es inflacionaria ni supone competencia entre el consumo y la inversión, sin perjuicio de que, además, una parte de la mayor producción también pueda exportarse. En resumen, menos inflación, más consumo, más inversión, más empleo -y menos desempleo por lo tanto- con un posible "bonus" extra por la eventual mayor exportación. Como diría Martín Fierro, la propuesta "no es para mal de ninguno, sino para bien de todos".

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...