Muchos dirigentes insisten en la importancia que tiene la industria nacional para el desarrollo económico de Argentina. Lo curioso es que la mayoría de ellos aún no ha podido definir con exactitud qué es y qué no es industria. Opinan también que el futuro de la industria está en el agregado de valor a las materias primas provenientes del agro, en la llamada agroindustria. Que el granero del mundo se convierta en la cocina del mundo.
Seguramente esto sea cierto, dado que, especialmente en las regiones del interior, hay ventajas competitivas para industrializar las mercaderías en el origen y reducir así el impacto del flete, entre otras ventajas. Adicionalmente, el país cuenta con un importante poder de negociación internacional en la puja por la localización de la industria, gracias a que dispone de los recursos más escasos de todos: los insumos para la producción. Es fácil concluir, por tanto, que en Argentina debería prosperar la industrialización de los alimentos provenientes del agro para lograr un proceso de crecimiento que redunde en la creación de fuentes de trabajo.
Pero entonces, ¿por qué hasta el momento la industrialización ha sido tan pobre? Si analizamos los esfuerzos y las políticas que se han hecho en el pasado con este objetivo, encontraremos muchas iniciativas destinadas a impulsar a los empresarios industriales para que inviertan en el sector. Sin ir más lejos, las fuertes retenciones al agro y la intervención de los mercados de comercialización de granos tienen el objetivo declarado de abaratar los insumos de la agroindustria, ya que disminuyen los precios locales a valores que son los más bajos del mundo. ¿Cómo es posible que semejante impulso a la agroindustria no haya mostrado resultados en tantos años? Los industriales hubieran podido producir, comprando granos a precio de quebranto, en un negocio muy rentable. Pero nada de ello ocurrió. ¿Por qué?
Quizá la clave esté en que nadie se hizo la primera pregunta y más relevante: ¿Quién es ese industrial? ¿Quién va a industrializar el agro? La respuesta sorprende por lo novedosa y por lo obvia a la vez: quien está en condiciones óptimas para industrializar el agro es el actual productor agropecuario. El desconocimiento de esta realidad es el origen de todos los errores de política industrial. El productor agropecuario argentino es aquel que demostró ser el más creativo y eficiente del mundo en su sector. El mismo que evolucionó compitiendo con el mundo sin ayuda de ningún subsidio, como sí los hubo en los países desarrollados. Es quien llevó adelante su actividad al margen del Gobierno central. Lejos de las prebendas y los negociados del capitalismo de amigos, se desarrolló en franca y sana competencia. Quizá muchos dirigentes no sepan que el productor agropecuario sueña con agregar valor a su producción. Que le encantaría afrontar ese desafío y sin dudas lo haría muy bien, pero no puede hacerlo porque le han quitado todos los recursos. Y la primera condición necesaria es, justamente, contar con los recursos. Si no, no hay ni con qué empezar. Resulta una paradoja que, con la idea de fomentar la industria, se generara el efecto contrario: aniquilar a quien tenía la verdadera posibilidad, la ilusión y el sueño de industrializar el país.
Tenemos en Argentina una fuente de talento inconmensurable en un sector sano, de trabajo, dinámico e innovador. Sin ninguna duda serán ellos los que industrialicen el país, quienes nos lleven a ser la cocina del mundo, los que desarrollen el interior y el arraigo en la tierra que aman profundamente. El Gobierno entrante debe comprender que para industrializar a la Argentina hay que primero levantar al sector agropecuario, porque ahí están los futuros industriales. Hay que ponerlos de pie para que prendan los motores de la industrialización del país.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia


· Hace 9 meses

..


Se está leyendo ahora