Las encuestas del uso del tiempo en América Latina comenzaron a utilizarse en la década del 80, pero el real impulso de las estadísticas del uso del tiempo tuvieron lugar a partir de que en 1995 se llevara a cabo en Beijin la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, la cual instó a los países a realizar estudios periódicos sobre el uso del tiempo con el fin de medir el trabajo no remunerado y comenzar a tomar real dimensión sobre cómo mujeres y varones contribuyen a la economía.
Estas encuestas permitieron observar y cuantificar las actividades que varones y mujeres realizan en sus hogares, la duración y la simultaneidad con la que se realizan. La medición del trabajo no remunerado incluye las tareas domésticas, el cuidado de personas y aquellas realizadas bajo el esquema de voluntariado en la comunidad.
En Argentina, el primer estudio del uso del tiempo se realizó en la ciudad de Buenos Aires, en 2005, bajo la coordinación de expertos/as y financiamiento internacional; el segundo en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe en 2010 y con la guía de quienes exitosamente lo habían realizado en Capital Federal.
En julio de 2014 el Indec presentó, por su parte, los primeros resultados arrojados de la encuesta nacional sobre el trabajo no remunerado y uso del tiempo, así fue como 26,5 millones de personas mayores de edad fueron encuestadas en nuestro país.
Si es una realidad que el bienestar de las personas y los hogares no solo depende del trabajo remunerado, sino también de todas aquellas tareas domésticas y de cuidado que no son remuneradas y que son mayoritariamente realizadas por mujeres, según los datos de Indec, del total del tiempo utilizado en tareas domésticas no remuneradas el 76% es realizado por mujeres y el 24% por varones.
Cuando hacemos referencia a las tareas de cuidado, estamos hablando de aquellas actividades que tienen como objetivo atender las necesidades de los miembros dependientes de la unidad doméstica: niños, niñas, adultos mayores, personas enfermas o con discapacidad. Tareas histórica y culturalmente asociadas con "lo femenino". La encuesta arroja otro dato y es que las mujeres con trabajo remunerado tienen prácticamente la misma carga horaria en las tareas de cuidado dentro del hogar que las "desocupadas o inactivas". Esto aumenta notablemente en aquellos hogares con al menos un/a menor de 5 años de edad.
Así como es posible afirmar que por un lado, la participación de los varones aumenta en las tareas de cuidado cuanto mayor nivel educativo tienen, por otro, la participación en las tareas de cuidado disminuye cuando aumentan los ingresos.
Esto abre la puerta a muchas reflexiones, democratización de los cuidados, corresponsabilidad en la crianza, desarticulación de los estereotipos de género, etc., etc, etc. Pero, ¿cuál es el rol del Estado?
En primer lugar, es necesario abandonar la concepción de que todo lo que pasa por el mercado es lo que existe y es relevante para la economía, dado que la realidad es más amplia y compleja, no hay roles "naturales", sino que socialmente determinados y por ende se pueden transformar. Si tuviésemos que cuantificar el trabajo no remunerado que realizan las mujeres, estaríamos hablando de cifras tan significativas como el PBI de un país.
En segundo lugar, el cuidado no es solamente una cuestión privada o familiar, tampoco puede quedar reducido a una cuestión de mercado, sino que es el Estado el principal responsable del cuidado en términos de bienestar. El cuidado es un compromiso colectivo.
El sistema de cuidados implica: políticas públicas dirigidas al cuidado infantil, licencias por maternidad y paternidad, derecho a la lactancia (siendo esta en todos los países de la región más corta en el caso de los varones respecto de las mujeres), políticas para cuidado y esparcimiento de adultos mayores y programas para la población con capacidades diferentes (que impliquen promover sus capacidades, defender sus intereses y lograr mayor autonomía).
En los tiempos que corren con la incorporación de la mujer al mercado laboral las salas maternales, se convierten en una política que garantiza la igualdad de acceso laboral entre varones y mujeres. En México por ejemplo existe una asistencia a trabajadoras y trabajadores con hijos/as menores a 4 años; en Brasil es obligatoria la creación de salas maternales en aquellos establecimientos que cuenten con más de 30 mujeres mayores de 16 años de edad; en Chile a partir de 20 trabajadoras; en Argentina a partir de convenios colectivos de trabajo se logró la obligatoriedad de jardines maternales en establecimientos de más de 50 trabajadoras.
En tercer lugar, reflexionar sobre este tema, no implica solamente incorporar una mirada de género en las políticas públicas o en nuestra vida cotidiana, sino también, avanzar en la corresponsabilidad de los cuidados, de las tareas de nuestro hogar y reflexionar sobre la naturalización de roles y estereotipos.

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