El gobierno de Arturo Illia ha constituido un oasis en la vida política argentina del siglo XX, producto de su larguísima experiencia política y sus profundas convicciones democráticas comprometido en la lucha por la defensa irrestricta e inclaudicable de los intereses nacionales y populares, como lo demostró en su breve y próspero lapso de gobierno durante el cual cumplió con todas las promesas a su pueblo (pese a la presión constante y despiadada durante todo su Gobierno de todos los factores de poder, ejemplo: grandes grupos económicos nacionales y extranjeros; casi todos los medios de comunicación que influenciaron en la opinión pública, entre los que se destaca la revista Primera Plana con Timerman como director; periodistas como Mariano Grondona y Mariano Montemayor, entre otros; la Sociedad Rural con Faustino Fano como presidente; el sindicalismo de Vandor, Framini, Izeta, Alonso etc., que después de producir huelgas salvajes y sin fundamentos de reivindicaciones laborales estuvieron en la asunción de Onganía.
Y Arturo Frondizi y Arturo Sábato, que conspiraron desde el primer momento desde la asunción.
A saber: el rechazo de las renuncias de los miembros de la Corte Suprema apenas asumió, y a los que les dijo: "Al primero que tienen que juzgar es a mí si cometo alguna irregularidad"; la anulación de los contratos petroleros por ser nulos de nulidad absoluta; la prórroga de los contratos de la California efectuados por el peronismo; la recuperación para el país del control de la política energética (YPF) preservando el autoabastecimiento; la ley de medicamentos, que nunca más se cumplió para la protección de la salud; el control sobre el precio y la calidad; el mayor presupuesto educativo en toda la historia contemporánea (27 por ciento); la creación del Plan Nacional de Alfabetización; el Plan Nacional de Desarrollo 1964-1969; la planificación como instrumento estratégico para el corto, mediano y largo plazo, lo que significó el crecimiento del PBI el 10 por ciento en 1964, 9,7 por ciento en 1965 y el 4;7 por ciento los seis meses de 1966; la creación del Salario, Mínimo, Vital y Móvil; la creación del Consejo Nacional del Salario para el control de su capacidad adquisitiva: la participación del sector asalariado en el PBI pasó del 23 por ciento al 43 por ciento (a junio de 1966); la creación del Instituto de Hemoderivados con sede en Córdoba, financiado con los gastos de representación que correspondían al Presidente.
Además, nunca se tocaron los fondos reservados; hubo rendición de cuentas; no hubo presos políticos; nunca se dictó el Estado de Sitio, como ocurrió antes y después de su gobierno; no hubo ley de amnistía después de su gobierno; se consiguió la resolución 1065 de ONU que obligaba a Inglaterra a discutir sobre la soberanía de las Islas Malvinas; no se mandaron tropas a Santo Domingo; y se efectuó la más grande exportación a China de commodities, país con el que no teníamos relaciones diplomáticas en un mundo bipolar; se pagó la deuda externa, disminuyendo de 3.600 millones de dólares a 2.479 millones (a junio de 1966), y si el gobierno duraba un año y medio más el país pasaba a ser acreedor internacional, aún pagándole al Club de París en las condiciones que el gobierno argentino impuso.
Lo importante es que se demostró durante todo su gobierno su honestidad intelectual y haber cumplido -con su conducta y su palabra- con todo lo que prometió. Después de su Gobierno no hubo ningún funcionario procesado.
A Illia lo derrocaron por sus aciertos, no por sus errores. Después del trágico golpe para el progreso del país, Arturo Illia dijo: "A mí me derrocaron las 20 manzanas que rodean la Casa de Gobierno". Estoy convencido que si no hubiese ocurrido el golpe del 66, con todas las consecuencias que todos conocemos, cuánto se hubiera evitado para los argentinos.

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