El Gobierno nacional y el Congreso dieron un paso importante para la reconstrucción de la confiabilidad del país en el exterior al aprobar con un número contundente de votos la ley que habilita el pago a los acreedores que no habían aceptado las reestructuraciones de la deuda externa argentina en 2005 y en 2010. A partir de la cancelación de la deuda, tanto los organismos públicos como las empresas privadas argentinas podrán tomar créditos a tasas ventajosas en el exterior. Sin embargo, no habrá soluciones mágicas para nuestra economía, que está en situación límite. El problema más urgente que enfrentamos es la inflación; el más profundo, el déficit, que llega al 7% del producto nacional y es el más grave de nuestra historia. Pero el más angustioso es el deterioro del empleo y el crecimiento de la pobreza.
Los tres deben resolverse con un programa equilibrado, que contemple los aspectos económico y social.
El déficit es el resultado de una economía ineficiente. La tradicional fórmula de financiarlo con emisión monetaria siempre terminó en colapso. En diciembre, como ejemplo, circulaban 24 pesos por cada dólar del Banco Central y el último informe de la gestión del ministro Axel Kicillof reveló que el país acumula una deuda pública de 251.500 millones de dólares, muy superior a los 178 mil millones que se registraban en 2003.
Más allá del oportunismo especulador que podemos atribuir a los holdouts, la realidad es que un país debe honrar sus compromisos y la Justicia de Nueva York, que la Argentina había aceptado como tribunal para cualquier litigio emergente de los acuerdos de 2005 y 2010, falló sistemáticamente a favor de quienes llamamos "fondos buitre".
La norma sancionada y promulgada habilita la venta de bonos en el mercado hasta un máximo de US$ 12.500 millones para pagar el 14 de abril. De ese modo, luego de 14 años, la Argentina saldrá del default. Lo que ocurra en adelante, para bien o para mal, dependerá de lo que resuelva el actual gobierno, y los que le sucedan.
Ningún país sobrevive si dilapida su riqueza y ningún Estado cumple sus funciones si no cuenta con la posibilidad de contraer deuda; el punto crítico en este caso lo marcan las condiciones del endeudamiento.
El déficit fiscal, producto de una mala administración, tiene como contracara la crisis del empleo, el encubrimiento del desempleo, la caída de la producción y el retroceso del país en los mercados internacionales.
El Estado argentino debe equilibrar sus cuentas para disponer de los recursos que demanda su obligación de brindar plena contención social. Esa es una inversión legítima que debe garantizarse con financiamiento genuino.
El deber del Gobierno será el de evitar que se repitan malas experiencias anteriores, generando gastos superfluos y acumulando una deuda impagable.
Hoy sufrimos el impacto de la eliminación de subsidios a la energía eléctrica y el gas. Los precios artificiales de esos bienes, prolongados durante una década, fueron injustos, ya que beneficiaron más a quiénes tienen mayor capacidad de consumo; son insostenibles, como lo demuestran el deterioro de la generación, los cortes de luz y las restricciones forzadas del consumo industrial, y ofrecen un nicho inadmisible de corrupción. Pero las consecuencias del actual sinceramiento, que es de hecho un tarifazo, pueden ser dramáticas para muchos hogares.
Necesitamos una mirada seria y comprometida con el futuro; en el mundo abundan capitales que solamente van a ser invertidos en economías modernas.
El desafío que tiene el país por delante incluye el complejo problema de generar estabilidad jurídica y adecuar el sistema productivo a las exigencias de la economía planetaria y a las necesidades sociales locales.
También es cierto que contamos con posibilidades objetivas para construir una economía competitiva a partir de objetivos claros de producción, reducción real y no subsidiada- de los costos de transporte y energía y estrategia de comercialización.
Ni el gobierno de Mauricio Macri ni quienes aspiren a sucederlo tendrán éxito si el país no aprovecha la experiencia histórica para evitar la repetición de errores y pone rumbo firme para generar desarrollo humano, sostenido con recursos genuinos y con la mirada puesta en el futuro.

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