Recuperar la producción y el empleo exige un esfuerzo de todos

Recuperar la producción y el empleo exige un esfuerzo de todos

Las negociaciones paritarias por los salarios volvieron a colocar en el debate público la preocupación por la inflación.
A lo largo de décadas, el aumento constante y generalizado de precios fue un cáncer que carcomió a la Argentina. Los diez años de la convertibilidad generaron una sensación de estabilidad y de modernización tecnológica, pero no resolvieron los problemas esenciales que se ocultan tras la inflación: el empleo genuino y la inversión productiva.
Una vez más, es imprescindible que se adopten medidas eficientes, con proyección de futuro, pero con la convicción de que las necesidades de las personas deben quedar resguardadas en todo momento.
Hace falta una mirada humanista, por encima de cualquier encandilamiento ideológico.
El ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, dijo recientemente que la estrategia contra la inflación es gradual y rechazó la posibilidad de un plan de alto impacto, porque "exigiría medidas de ajuste" y generaría, en su opinión," recesión y desempleo que castigarían a los sectores más vulnerables". El ministro ratificó la meta oficial de llegar a una inflación no mayor del 25% para este año y del 5% al cabo de cuatro años.
Prat Gay respondió así a los sectores ortodoxos que reclaman un ajuste drástico. También cuestionó a la política inflacionaria practicada por el gobierno anterior y a medidas como el cepo cambiario, instalado en noviembre de 2011; la utilización de las reservas del Banco Central, al que privó de su independencia en 2012, y la emisión monetaria como fuente de financiamiento del déficit.
El éxito inicial del período kirchnerista, entre 2003 y 2007, se debió a la capacidad de mantener los "superávit gemelos", en la balanza del comercio exterior y en la administración del gasto público. A partir de 2007, con la intervención del Indec y la distorsión en la estadística del nivel de precios, la economía ingresó en una etapa de recesión.
En noviembre pasado, el gobierno saliente ordenó a la Casa de la Moneda la emisión de 800 millones de nuevos billetes de 100 pesos para poder pagar los sueldos y los aguinaldos, lo que equivalía en ese momento a cerca del 30% del circulante.
Según el Instituto para el Desarrollo Social Argentino, en los últimos 5 años se ha emitido a razón de $230 millones por día.
La ineficiencia del Estado no admite soluciones mágicas. El déficit fiscal tiene su origen en una burocracia anquilosada que malgasta no menos del 35% del presupuesto. La emisión de billetes vino aparejada con aumento del gasto público, que pasó del 26% (2008) al 33% (2014) del PBI en 7 años. Paralelamente, en el mismo período se pasó de un superávit fiscal de 0,9% (2008) del PBI a un déficit superior al 7% del PBI.
Durante ese período la tasa de crecimiento promedio de Argentina (2,2%) fue la mitad de la mayoría de los países de la región. Solo Venezuela creció menos que la Argentina entre 2008 y 2014.
En este escenario, el país no pudo generar empleo privado. El resultado es que el 22% del total de los empleados y el 33% de los empleados registrados trabajan en el Estado.
Además, 18 millones de personas dependen de subsidios del Estado para sobrevivir.
Este dato, observado desde una perspectiva social, obliga a extremar la cautela al evaluar el impacto de las medidas que se adopten.
Según las estimaciones de diversas entidades no oficiales, hay en el país doce millones de pobres. El porcentaje de pobreza en el NOA y el NEA merodea el 50 %, y es fruto de la incapacidad de la economía para generar empleo productivo.
La crisis social y la ineficiencia del Estado se manifiestan con total nitidez en la situación terminal que atraviesan los municipios de Salta.
No es solución, entonces, que sean los desocupados encubiertos quienes paguen el costo del ajuste.
Es imprescindible y urgente, en cambio, que el gobierno, los gremios, la dirigencia y los empresarios acuerden una solución que contemple el derecho de las personas, la paz social y el bien común.
Es posible, siempre y cuando se depongan las apetencias, las malas artes y los ideologismos que suelen impregnar la política argentina.

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