</EPI-NOR-FIRMA>Declaración de la Independencia. Acuarela de Antonio González Moreno. Colección Museo Histórico Nacional


Hace doscientos años, los congresales de Tucumán formalizaban la declaración de nuestra Independencia.
Eran los primeros pasos de la que, según los versos del Himno Nacional, sería una "nueva y gloriosa nación".
Nosotros, los herederos de aquellos próceres, con mucha frecuencia mezclamos el orgullo de ser argentinos con la frustración que generan los altibajos de nuestra historia.
En estos dos siglos, la nación fue contradictoria, tuvo avances y retrocesos, fue al mismo tiempo hospitalaria y expulsiva, tolerante y violenta.
La Patria es una realidad poderosa, que nos carga de sentimientos encontrados; de sensaciones alternadas de gloria y de frustración, sucesivas y hasta simultáneas. Los argentinos tenemos predisposición a sentirnos campeones morales y, también, a vivir como tremendas derrotas aquellas veces en que nos toca ser subcampeones reales. Inventamos grandezas que no tenemos e ignoramos nuestras reales fortalezas.
La política y la universidad protagonizaron desde los comienzos un intenso debate sobre nuestra identidad, nuestros problemas, nuestro rol en el mundo y nuestro futuro.
Esa disputa continúa y este bicentenario es una buena ocasión para abrir un espacio de reflexión.
En esta edición especial, historiadores, escritores, técnicos y politólogos, de miradas diversas y pertenencias, en algunos casos, antagónicas, pasan revista por los recovecos del alma argentina.
Cada uno de ellos destaca un aspecto de esta historia nuestra, pletórica de contradicciones. Una historia que va desde la voluntad heroica de los gauchos de Güemes a la vergüenza del terrorismo de Estado; de la transformación que produjo este mismo país desde la inmensa pradera deshabitada para convertirse en la quinta potencia económica; para generar un sistema educativo de avanzada; para hacer retroceder el analfabetismo y la pobreza durante décadas. También, para llegar a estas cuatro últimas décadas de decadencia.
Un país unitario, con una constitución federal; un país pionero en la ampliación de los derechos cívicos que soportó medio siglo de golpismo; un país tolerante y autoritario, todo al mismo tiempo. Un país que produjo una de las más grandes transformaciones sociales que se conozcan, pero que hoy soporta desempleo, empleo en negro y pobreza en niveles injustificables. Un país que produce diez veces más alimentos de los que necesita su población y, sin embargo, padece penurias económicas en un planeta con creciente demanda de esos productos y en su interior profundo sufre gravísimos problemas nutricionales. Un país con hidrocarburos, uranio, viento y sol en abundancia, que construyó a la Comisión Nacional de Energía Atómica y a YPF, y sin embargo sufre tarifazos y cortes de energía.
Un país que se debate entre el optimismo y la esperanza, ambos sentimientos, con frecuente desmesura.
El Tribuno tiene el honor de ofrecer, como homenaje a los protagonistas de nuestra historia, las reflexiones de nuestros intelectuales, a quienes agradecemos su contribución, su tiempo y su pensamiento crítico.

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