En la ultima semana, igual que a un partido de fútbol, se "relató" a la prensa y en Diputados el match de la política pública educativa y sanitaria salteña versus la violencia escolar y las adicciones juveniles con su derivado, la deserción estudiantil.
Los "directores técnicos" del equipo de la política pública -con foto y discurso- explicaron sus diagnósticos y la falta de jugadores, por ejemplo, trabajadores sociales, y reafirmaron el uso de la prevención, movilización de grupos interdisciplinarios y el abordaje territorial de los problemas. Esos "DT" son antiguos y justifican que los escolares y adictos, al ser casos complejos, quitan posibilidades a la intervención.
Los resultados de la competencia arrojó que hay más de 1.000 deserciones escolares entre los adictos. Esa bioestadística, por ejemplo, hizo que el match esté perdido para el Estado. Pero hay que aclarar que las políticas públicas no "futbolean", son decisiones de Estado y es por eso que los asistentes escolares y los sanitaristas que contienen a los adictos están en un campo de poder y saber hacer.
La violencia escolar y las adicciones crean nuevas subjetividades contemporáneas que llegaron también a Salta y desbordan con intensidad a niños y jóvenes, creándoles una incapacidad para dar respuesta a sus propios síntomas. Si a la impotencia que crea el problema se le agrega otra, la de improvisar la política pública para acceder a las urgencias subjetivas o la de los sistemas de escasa contención de los adictos, la población escolar queda sin ayuda del Estado.
El abordaje de la violencia escolar y la adicción es eficaz si dirige al sujeto hacia certezas y fuera de sus excesos que lo desorientaron, que lo convirtieron en extraño para sí y terceros. Es elemental iniciar desde el Estado la propagación de la inclusión así las pulsiones y el descontrol de cada uno, no los coloca en el lugar de la segregación social.
Los violentos y los adictos deben ser tratados en particular, o sea hay que acondicionar al Estado para que los tome caso por caso. Los violentos y los adictos son las formas que asume hoy la despersonalización de los chicos. En sus desventuras están adonde llegaron por creer en una ilusión: la libertad es vivir sin límites, esclavo al ideal de las satisfacciones alucinadas.
En el caso de las violencias escolares, las acciones agresivas rompen los lazos sociales y los modelos de convivencia consensuados en la sociedad. Los hechos de violencia expresan que el escolar no soporta los estilos subjetivos de los demás y agrede. Los violentos no pueden poner en palabras las diferencias con el otro y ejecutan actos agresivos.
El psicoanálisis interpreta la declinación de la moral y la obligación. Lee que los violentos y adictos, desencantados del mundo, "escuchan" la voz de una civilización organizada para gozar más y más, sin deberes, culpa y sin autoridad que regule los lazos sociales.
La política pública, por su parte, analiza con goce inútil al "paradigma de la complejidad" que aplica como su fundamento. Hasta tanto, los docentes esperan certezas de cuándo se saldrá de la impotencia estatal mientras que los del paradigma de la complejidad, cual relatores de fútbol, siguen contando a todos cómo la estrategia del Mal le ganó el partido al Bien.

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