A partir de los hechos que salieron a la luz y que involucran a exfuncionarios, la Justicia empezó a recuperar parte de la credibilidad que nunca debió perder. Pasaron años y ahora parece que los antes sospechados (Lázaro Báez, Julio De Vido, Leo Fariña, Federico Elaskar y otros) que descalificaban a los denunciantes (El fiscal José María Campagnoli, Elisa Carrio, Jorge Lanata y los periodistas de Santa Cruz) son los principales responsables de una descomunal maniobra delictiva para robarle al Estado. Utilizaban métodos que, si hubiese ganado Daniel Scioli, seguramente nunca nos habríamos enterado. No porque el "Lancha", como lo identifica Jorge Asís, lo ocultase, sino porque este "drean teem" se manejaba con los tiempos y exactitud de un cronógrafo suizo. Basta observar cómo Guillermo Moreno se exaspera cuando hoy ponen en duda la medición del Indec durante su gestión, entonces cómo no creerle a Fabián Rossi cuando afirma que era un simple cafetero, que solo de buen amigo ayudaba a contar dólares en una pequeña "cueva" ubicada en Puerto Madero. Hoy mienten con una caradurez que ruboriza, no al que dice la mentira sino a quien la escucha. En estos tiempos de noticias que se suceden con llamativa facilidad, recordé el libro del periodista Jorge Vertbisky: "Robo para la corona II" (los frutos prohibidos del árbol de la corrupción). José Luis Manzano fue un protagonista de aquella época, señalada como plagada de episodios de corrupción. Se le atribuye la frase "Yo robo para la corona", la cual había pronunciado en 1989, aludiendo a que lo obtenido por actos de corrupción no era para él sino para su jefe, Carlos Menem. En 1991 Lázaro Báez tenía 35 años, trabajaba en el banco de Santa Cruz y ya conocía a Néstor Kirchner. En los tiempos libres se entretenía con cada página del inquietante libro de Vertbisky, especialmente en aquellos capítulos que revelaban cómo hacer plata y no morir en el intento.

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