En las hebras de la urdimbre del telar criollo se deslizan con maestría las rústicas manos de los tejedores, Es que estos artesanos hombres y mujeres tejen con la misma facilidad con la que respiran. Lo hacen desde que habitaban el suelo nuestras culturas originarias transmitiéndose la técnica directamente sus abuelos, padres y hermanos. La Ruta del telar en Catamarca invita a conectarse con el aprendizaje y la cultura en medio del paisaje de sierras y valles. En perfecto equilibrio, sorprende tanto la naturaleza y la noche estrellada como ver a los lugareños motivados con su labor ancestral.
Si bien en principio la base de la economía era matriarcal, eso se diluyó en el tiempo y hoy la familia trabaja hilando y tejiendo. Los visitantes pueden conocer a estos artistas en sus mismas casas; comprar ponchos y telas directamente a los productores y contagiarse de la cadencia suave con la que hilan sin preocupaciones con fibras de llama, oveja y vicuña. Son fábricas a cielo abierto; en cada patio hay un telar y a veces se trabaja en él hasta a ocho manos.
Puntos característicos
Cada localidad de la ruta tiene sus características únicas de diseño. Hay guardas incaicas, caranchos, guardas atados, rústicos y frisados, con los colores naturales de la tierra o con tintes naturales. Son en total más de cincuenta postas en nueve localidades.
Por supuesto, también hay espacio para la gastronomía, que en esta zona está llena de riquezas. Es muy recomendable probar el gigote, una especie de pastel hecho a olla muy bueno para acompañar con un vino local, y si se quiere comprar algo para llevar hay excelente ají pimentón, comino, anís y nueces. Claro, habrá que hacerles lugar en la valija, que seguramente ya irá llena de ponchos y tejidos.


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