La última masacre en París debe advertir que la divinidad y su culto, incluido, el rito de la muerte por el ideal sagrado, no han caducado.
En todo caso, se sigue matando herejes y blasfemos que ofenden a Alá. La agresión antidemocrática y antirrepublicana lanzada por una parte del Islam contra Francia, y por elevación, al resto del mundo, es el placer doloroso de una cosmovisión que busca chocar contra la razón occidental.
Los estudiosos del pensamiento sagrado, caso de las religiones, están de acuerdo en que la violencia de los yihadistas es el choque entre regímenes de goces diferentes.
El yihadismo goza tanto de expandir por el mundo el placer de lo sagrado que termina provocando dolor en varias ciudades. Goza, también, reclutando jóvenes europeos y narcisistas con potencial suicida; les encarga la misión de encontrar la muerte en el plan que imponen los ideales del Corán.
La guerra santa está en vivo y usa el terrorismo y cree sacralizar la sociedad del siglo XXI, especialmente, la europea y la norteamericana.
Francia, habría aportado con cerca de dos mil jóvenes que se entrenan en Siria para este tipo de sacralización del terrorismo. La última agresión a París es la vuelta del síntoma del espiral de violencia tomado por divino por el yihadismo.
Los jóvenes combaten por un califato para realizar la llamada pasión-odio.
Luchan por lo sagrado del yihadismo, todo una ambivalencia: el amor a Alá es interdependiente del odio a la democracia, al mercado y al estilo de vida de Occidente.
El psicoanalista francés Jacques Allan Miller, inspirador de la orientación lacaniana, sostuvo que "Son unos bárbaros. Sin duda".
Sin embargo ese terrorismo no es ciego en absoluto, tiene los ojos abiertos, está dirigido. No es mudo. Grita: "¡Hemos vengado al profeta Mahoma!".

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