Frente a una situación llena de angustia, un adolescente queda "tildado"; a partir de allí deberá elaborar una respuesta subjetiva para salir de lo vivido, si no quedará atrapado en el síntoma de ser objeto fatídico de un delito atroz. Esto ocurrió con el chico de Buenos Aires, de trece años de edad, que mató a un ladrón en defensa propia.
Dentro de la vivienda familiar de los Salinas, un delincuente amenazó con un arma a la madre del niño, cuando el resto de la banda vio caer a su cómplice, huyeron. Si querían, respondían ferozmente causando más muertes. Tenían poder de fuego, chaleco antibalas y quedaron vivos cinco asaltantes para contraatacar.
El chico ahora atraviesa una adolescencia "agravada" por la llamada legítima defensa del derecho, atenuante casi universal en la legislación penal. Uno de los requisitos para gozar del atenuante es que los medios usados para defenderse sean proporcionales. El joven no se excedió en su acción. ¿Esto es un mérito de racionalidad en el chico? La respuesta es sí para el fiscal que adelantó que Salinas será sobreseído, lo que prueba que algunos adolescentes pueden calcular sus actos para no traspasarse a lo antijurídico. Ergo, el derecho es una construcción lisa y llana de imputabilidades e inimputabilidades, y este último tipo de acción encuadra al adolescente que "llora mucho, está angustiado", según el pesar familiar comunicado a la prensa.
Salinas llora por una falta que cree tener con sus ideales, ya que no se estructuró para matar; y sin deberle nada a la Justicia, espera que la sociedad argentina no necesite de linchamientos, salideras y entraderas e inusitados beneficiarios de la legítima defensa por homicidio, como él.
Por un lado, el chico tiene el eximente de culpabilidad que le anticipó la Fiscalía y, por el otro, está conmovido con preguntas sin respuestas sobre la seguridad propia y la de su familia que por lo real del hecho, no pueden contestarse. Tiene la incertidumbre y la pérdida de los mandatos sociales que utilizó en la construcción de su subjetividad adolescente. Una explosión de interrogantes está ahora en su interior y en el ambiente familiar. El principal es si será otra vez víctima de la venganza del entorno del ladrón muerto o del prejuicio de la sociedad que puede mirarlo con desconfianza por ser un homicida sui generis.
En su identidad adolescente hay agujeros de sentidos necesarios a raíz de lo hecho y lo proyectado en su acto.
Salinas cree estar en falta con "alguien" próximo a sus valores. Si no resuelve ese sufrimiento, ¿qué le pasará a su imaginario que hoy ya promueve una culpa inexplicable?
La compasión colectiva ve al chico como el "síntoma social argentino" de la inseguridad o, la consigna misma "Todo somos Salinas". Pero es un sujeto con un síntoma particular hasta que sepa hacer la salida a su propio embrollo, nacido en el encuentro con otros que odian la ley de la comunidad y tienen el oficio de devastar al ciudadano.
El adolescente puede encontrarle al sufrir una escucha singular, una estrategia y táctica al síntoma que tiene y construir otro lugar para su deseo. Podría dejar de ser una víctima y cuasi victimario tristemente célebre, pero a esto hay que probarlo con un psicoanálisis individual.

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